El golpismo blando o asimétrico del PSOE

Federico Jiménez Losantos
Después de condecorarse a sí mismo en la persona de un periodista de la SER -Luis del Val- que leyó el comunicado de la manifestación contra el trasvase, Marcelino Iglesias ha dado otra prueba de desprecio a los aragoneses, que en su mayoría ni lo votaron ni lo respaldan, y ha puesto otro ladrillo, o sea, otro adoquín, en el descabalado montón de pedruscos que el PSOE intenta levantar frente al edificio del Estado Español y contra la idea misma de España. Convencidos de que el pobre Zapatero no tiene trazas de ganar las elecciones alguna vez, los estrategas sociatas han decidido emprender una carrera de desestabilización en toda regla, una suerte de golpismo blando o asimétrico en el que cada una de las comunidades que gobiernan ha emprendido una carrera contra la legalidad vigente y contra el marco constitucional.

Con el referente de fondo del "federalismo asimétrico" maragalliano, el extremeño Rodríguez Ibarra se ha inventado la legislación especial contra los bancos y ha llamado a la "rebelión horizontal" de las autonomías frente a Madrid; el balear Antich se ha sacado de la manga la ecotasa; Chaves encabeza cualquier iniciativa contra la Hacienda común en materia sanitaria o en lo que se tercie; Bono e Iglesias compiten en atacar las bases constitucionales de la Ley de Extranjería, mientras son incapaces de ponerse de acuerdo sobre el Plan Hidrológico Nacional; no hay caudillo, caudillote o caudillejo autonómico de la cuadra PSOE que no enarbole la piqueta para demoler el Estado, como arquitectura legal y como ingeniería política. Sólo faltaba Marcelino Iglesias haciéndole coro a Maragall. Pero no tardará Antich en hacerle coro a Marcelino, y, si no, al tiempo.

La estrategia socialista está clara y sin duda no es ajena a los proyectos expansivos de Polanco, su proyectista ideológico, que ha visto en los nacionalistas el filón para reforzar y atrincherarse en un imperio asimétrico frente a la competencia posible y al real polanquismo bis que promueve el Gobierno de Aznar. Lo grave es que con esa política el PSOE está respaldando de hecho la ofensiva terrorista y nacionalista -lo uno no va sin lo otro-, está reforzando a la cohorte de la Declaración de Barcelona que, a su vez, respalda el Pacto de Estella: Maragall es a Pujol como Pujol a Arzallus y como Arzallus a ETA. Frente a todo eso, queda sólo el PP.

Que el PSOE deserte de la defensa de la idea de España mientras juega a la disolución de un Estado que tanto ha costado levantar y en cuya defensa como proyecto español están dejando la vida los mejores de sus militantes vascos demuestra el fracaso absoluto de Zapatero como líder y del socialismo como alternativa. Pero permite comprobar cómo la izquierda española es más izquierda que española; peor aún: todo lo antiespañola que se le ocurra a cualquier pelanas de la política. A ellos no les importa derribar el Estado porque piensan que los cascotes le caerán al PP. En sus ciento veinte años de historia, el malhadado partido fundado por aquel dogmático obtuso llamado Pablo Iglesias nunca ha sabido ganar. Tampoco sabe perder. En realidad, no sabe jugar sin vulnerar a cada paso el Reglamento. Es una calamidad, como el pedrisco.

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