El entierro de Casado con aplauso del difunto

Federico Jiménez Losantos

El antiguo Oficio de Difuntos tenía una liturgia severa, como corresponde a la gestión de lo irreversible. Un bautizo permite improvisaciones, una boda anima ensoñaciones, y una extremaunción alivia los daños previsibles, pero un entierro une dos piezas irremplazables: el muerto y las palabras que ya no puede escuchar y que resumen la fe de una comunidad sobre el más allá y el más acá. El respeto debido a los muertos, base de toda civilización, se perdió en España el día en que se empezó a aplaudir a los ataúdes en la puerta de la iglesia. De ahí a la agresión necrófoba a Franco en el Valle de los Caídos sólo había un paso, y se dio. Y desde ese día, la maldición de Francokámon alcanza a todo y a todos, aunque dé miedo reconocerlo.

Un auditorio de terracota

Este abaratamiento del entierro, tan propio de la España actual, se ha dado de forma casi obscena en el Congreso del PP. Se trataba de enterrar a Casado, muerto políticamente en el asalto al Madrid de Isabel Díaz Ayuso; pero Feijóo no quería hacer justicia, como si los muertos no la necesitaran y a los vivos no les hiciera falta, y tampoco quería apariciones de ultratumba, con el muerto volviendo del más allá a rematar la faena, así que buscó una fórmula que no distinguiese mucho a los muertos de los vivos, para disimular que allí se enterraba "algo y aun algos". Unos hicieron como que no enterraban a nadie y el muerto se proclamó Nadie y dejó el entierro hablando y hablando… a tres mil sordos de piedra. El auditorio recordaba a ese ejército chino de terracota que ha esperado milenios bajo tierra para formar definitivamente ante la eternidad, aunque sin Emperador. ¡Espejo de la fugacidad de las pasiones humanas! En Sevilla, el Rey Breogán paseaba en bata mientras la tropa emitía, sin prisa ni pausa, aplausos de metrónomo.

Como bien dijo Ayuso, el congreso venía a zanjar una situación que nunca debió producirse. Pero, una vez producida, el Congreso debía serlo, y no lo fue. Todo quedó en nada. Feijóo se ha apropiado de un adjetivo que sólo Cayetana carga de sentido: "adulto". Pero todos los presentes eran más que adultos cuando apoyaban a los niñatos en su guerra contra Ayuso hasta tropezar con la manifestación de Génova 13. Por eso o por una prevención excesiva ante Madrid, ni Feijóo hizo justicia a la agraviada ni perdonó al verdugo. Y el congreso se movió entre la cuquería y la omertá. El futuro ha quedado en manos del pasado. Y como lo nuevo es Ayuso y se ha querido limitar su desquite, al final parecía que a Casado lo había renovado Rajoy.

Un discurso para el partido, no para la sociedad

Feijóo ha dicho, seguramente, lo que su partido quería oír, no, desde luego, los votantes del PP, y menos, la sociedad soliviantada por Sánchez. Todo tenía un aire de trámite casero, de herencia repartida sin notario y sin nada que ofrecer salvo el repaso a las glorias pretéritas, olvidando en qué acabaron. La ovación a Rajoy se explicará por las nóminas dispensadas a los presentes durante su larga estadía en Génova y Moncloa, pero los que no cobraban nada y vieron cómo Rajoy entregaba sin lucha el Gobierno a Sánchez, se sentirán estafados. Si la adultez del PP se limita a celebrar a los ancianos, sin ver las ruinas que dejaron, acabará resucitando a los niñatos.

Las promesas de Feijoo ante un auditorio aliviado, no esperanzado, eran poco adultas: volver a las grandes mayorías, se supone que absolutas, con Vox pisándole los talones en las encuestas, sonaba a disco de grafito. O a aquella "mayoría natural" que predicaba Fraga y nunca consiguió. Pero lo verdaderamente grave, que recordó el trilingüismo o timolingüismo del Cs de Rivera fue decir que su PP es el del "bilingüismo cordial". Es decir, que el PP niega la libertad de elegir lengua vehicular en la enseñanza en las regiones bilingües. Que no se podrá estudiar en español en el País Vasco, Cataluña, Navarra, Comunidad Valenciana, Baleares y, claro está, Galicia. Si cree Feijóo que un gesto cordial disimula la tiranía de la inmersión, se equivoca. Y que no se escude en sus mayorías en Galicia, porque allí se le vota para que no gane el Bloque, que es mucho peor, no porque su política parezca buena, ni porque no lleve, tarde o temprano, al triunfo separatista.

Por qué se vota lo que no se conoce

Y siendo lo lingüístico la clave de lesa batalla cultural contra la Izquierda que, obviamente, Feijóo no quiere dar, lo que más chirriaba en los discursos del Congreso era que hablaban de una España que no existe, ni en ideas, ni en preocupaciones, ni en soluciones. Es la España de antes de Sánchez y de Vox, nacido del rechazo de la derecha social al PP. No sólo a Rajoy o a Casado: al PP. Lo único que se ha salvado de la ruina es Ayuso, y como eso no se quiere reconocer o no se quiere aceptar, se nos presenta como solución la marcha atrás, no una refundación, sino, como ha dicho Rafa Latorre, una retrofundación, un PP en el que todo está fundado ya, en el que sólo falta cambiar el aceite para que el motor deje de rugir.

Sería lo único en una España que ruge de indignación y a la que no se le convencerá con tila. Lo que interesa a los políticos no siempre interesa a la sociedad que representan. Y cuando eso sucede, pronto o tarde dejan de representarla. Si se ha dejado de votar a Cs y se vota a Vox, es por algo. Aznar no entiende cómo se vota a Vox si no ha gobernado nada. Pues por eso mismo. Lo malo del PP es que ya lo ha gobernado todo, y así estamos.

El larguísimo adiós

En el gorigori todo fue evolucionando sin esfuerzo hacia lo grotesco. El momento más esperpéntico fue cuando Casado, en su eterna despedida, dijo: "Siempre he dicho la verdad". Todos recordaban, porque están cerca, las mentiras y calumnias que profirió contra Ayuso y que le han costado el cargo, pero prefirieron seguir en silencio, para acabar antes. Y así, mientras con gesto de pasmada incredulidad repetía "estoy vivo", bajó al sepulcro.

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