Opinión

Diplomacia socialista o el nuevo tráfico de esclavos

Federico Jiménez Losantos
Parece que el genocida más longevo y siniestro de cuantos han ensangrentado América en el último medio siglo va a repetir con el izquierdista Zapatero la misma jugada que con el derechista Fraga: soltar algún preso político a cambio de ser diplomáticamente aceptado, censurada su Oposición y económicamente recompensado por su largueza. Conviene recordar que después de que Fraga, Gabino de Lorenzo o Durán i Lleida, entre otros derechistas notorios, viajaran a la isla dizque para promover las buenas relaciones entre España y Cuba (como si los once millones de la población oprimida de la Isla y los dos millones de exiliados no fueran cubanos), Castro ha perpetrado otras muchas hazañas represivas, como la que le llevó a la crisis con la Unión Europea: el fusilamiento de tres pobres hombres que pretendían huir del paraíso castrista y el encarcelamiento de ochenta disidentes, condenados a décadas de prisión y tortura por el terrible delito de defender la pacífica celebración de elecciones libres. Pero la ventaja que tiene el dictador cubano es que su capacidad de crear presos políticos es siempre mayor que la de los políticos europeos para fingir que el rescate es gratis. La misma basura vendida por Fraga será ahora vendida por Zapatero. La vergüenza es ambidextra.
 
Que la deportación de presos no supone apertura ninguna del régimen totalitario cubano lo demuestra que a los presos políticos excarcelados no se les permite una mínima actividad cívica, sino que se les suele expulsar por la fuerza de su país, privados del derecho de disentir incluso al precio de la cárcel. Naturalmente, un Gobierno capaz de gobernar al dictado de Carod Rovira, el cómplice de la ETA, es muy capaz de poner su política exterior al servicio de las necesidades propagandísticas de Castro. Lo que cabe preguntarse es si se puede considerar legítimo, no sólo legal, un Gobierno cuya política nacional está en manos de enemigos de España y cuya política internacional se define por su alianza con los enemigos más grotescos, criminales y siniestros de la Libertad.
 
Desde que se cayó el Muro, hace ahora quince años, la diplomacia socialista se redujo a un nuevo tráfico de esclavos: los que no podían abandonar el paraíso del proletariado salvo que Occidente se allanase a pagar un tributo político y económico a los que los esclavizaban. Nada ha cambiado en el socialismo, ni en el real ni en el supuestamente democrático: unos siguen asesinando cimarrones o encadenando a esclavos rebeldes mientras otros defienden los “logros” de la esclavitud y pagan a cuenta de todos los ciudadanos lo que su sectarismo necesita para consolar el síndrome de abstinencia totalitaria. Sin embargo, da la impresión de que ZP y Moratinos cada vez necesitan una dosis más fuerte: Chávez, Fidel Castro... ¿para cuando Kim Jong Il? 
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