Dime de qué liberalismo presumes...

Federico Jiménez Losantos
La escena política europea parece, cada día más, un retablo de fantasmas de los que no cabe esperar sino fantasmadas. La alianza entre Blair y Berlusconi, dicen ellos que para promover reformas liberales en la Unión Europea, es una simple operación de mercadotecnia política con vistas a sus respectivos electorados, sin el menor contenido concreto y sin que la política de los gobiernos británico e italiano confiera la menor credibilidad en materia de reformas liberalizadoras a estos dos humeantes presidentes. Ni Gran Bretaña ha dado el paso efectivo para integrarse en la moneda única europea, con lo que su autoridad moral para pedir reformas resulta bastante escasa, ni Berlusconi es otra cosa que la mediocridad en materia económica y la negación del liberalismo y la libre competencia en el ámbito donde más debería demostrarla, que es el de la televisión.

No podemos acostumbrarnos –como si fuera normal– a que el Presidente de un Gobierno de la UE mantenga la propiedad y la gestión de los tres canales de televisión privada de un país mientras forcejea con la oposición por el control de la televisión llamada pública, que es en toda Europa –sin excepción– un atentado permanente contra el mercado, contra la libre competencia y contra la pluralidad en materia audiovisual. Y si Berlusconi es el escándalo audiovisual en persona, el gobernante probablemente más liberal de Europa, José María Aznar, hace también grandes proclamas de liberalización y alancea la resistencia de los socialistas a la modernización de Europa mientras promueve en nuestro país una verdadera apoteosis de intervencionismo, derroche, competencia desleal, politización y negación del mercado libre en torno a los medios audiovisuales de titularidad pública, es decir, gubernamental. Y de paso, mostrando que la inconsecuencia liberal o el antiliberalismo camuflado nunca se limitan al escenario doméstico, perdona desde la Presidencia semestral de la Unión Europea el descontrol del déficit y la deslealtad institucional de Alemania. Eso, por no hablar de la cautividad del mercado de la energía, de la disparatada y liberticida LSSI contra Internet, de la persecución de las parejas pensionistas o de la prodigalidad en la ayuda a Argentina.

Si ésta y otras muchas barrabasadas autoritarias perpetra el más liberal, que al menos en materia económica sigue siendo Aznar, qué no harán Blair y Berlusconi, que lo son todavía menos. La única diferencia reside en la opinión pública, que en Italia y Gran Bretaña acepta al palabra liberalización y aquí sólo la paladea como caramelo –y camelo– centrista. Pero en el circo político europeo nunca falta el payaso colectivista, patoso y zangolotino que con sus ordinarieces y berridos convalida la harinosa elegancia de los payasos Augustos, Silvino y Tonnino. En esta ocasión, la payasada zafia ha correspondido a una ministra francesa que, en época de celo electoral y a la caza desesperada del voto de extrema izquierda, ha llamado antidemócratas y postfascistas a unos gobernantes que ni lo son ni lo parecen. Y lo hace desde un gobierno social-comunista en el que los viejos totalitarios kremlinianos nunca se han decidido a ser post.

En esta Europa fantasmal donde la imagen va por un lado y la realidad por otro, cada vez es más cierto el viejo refrán castellano: dime de qué presumes (“demócrata”, “liberal”) y te diré de lo que careces. Sólo hay una cosa más deprimente que los falsos liberales: los corrompidos, grotescos, incombustibles socialistas.

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