Dezcallar, a la calle

Federico Jiménez Losantos
Depurar el CESID, o simplemente cerrarlo, era ya un imperativo de higiene democrática tras el Golpe de Estado del 23-F, que contó en su preparación y ejecución con la activa complicidad de los servicios secretos españoles. Eliminar la cúpula golpista generalmente identificada con Calderón se hizo urgente cuando se descubrió la trama de espionaje montada por Emilio Alonso Manglano contra cualquier institución o personalidad relevante de la sociedad española, desde el Rey hasta el difunto arzobispo de Barcelona pasando por directores y dueños de medios de comunicación, políticos de todo pelaje, empresarios de toda condición y hasta presidentes de clubes de fútbol en sus actividades extramaritales. Condenado fue en los tribunales Manglano, pero este Gobierno de Aznar y de nuestros pecados mantuvo en su puesto a Calderón, que era peor que Manglano, por lo político y por lo ejecutivo.

Después del episodio bochornoso de Eduardo Serra y los papeles de la “guerra sucia” del Gobierno del PSOE contra ETA, el Gobierno del PP se decidió a poner un civil al frente del caos de La Casa. El elegido, como no podía ser menos tratándose de alguien supuestamente obligado a garantizar la seguridad nacional, del Rey abajo, fue un felipista amable y cordial, Jorge Dezcallar, que llegó de Rabat a poner orden y concierto.

En poco tiempo, Dezcallar ha hecho méritos suficientes para ser relevado de su cargo. Tras la pifia de delatar un encuentro secreto de González en Marruecos el único día en que el ex-Presidente no estaba allí, resbalón o traición que seguramente le ha costado el cargo a Cabanillas, ahora ha sido incapaz de detectar la toma de perejil y la condición real de los ocupantes, en género y número. De saber algo, no habría sido necesario montar El Desembarco de Alhucemas, segunda Parte. Y si el CESID no sirve para espiar a Marruecos ni teniendo al frente a un ex-embajador en Rabat, ¿para qué sirve? Es difícil saber si en su dirección actual priva la doblez o la ineficacia, pero en la duda, lo más razonable sería poner en la calle a Dezcallar y reorganizar la Casa a fondo, incluso cerrándola una temporada, para higienizarla. Total, si no nos ha sido útil ni contra la ETA ni contra Rabat, podía ayudarnos a conseguir el déficit cero, que también es un concepto estratégico. Y a diferencia de ciertos espías, los números no engañan.
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