Democracia, Libertad, melancolía

Federico Jiménez Losantos
Las reacciones tras el relincho victorioso de Chávez en el referéndum venezolano son de muy distintas clases. Los políticamente cuadrúpedos comparten el relincho: Fidel Castro, Llamazares, los etarras y batasunos, los esquerranos republicanos y toda la basura izquierdista internacional, desde los militantes antiglobalización hasta los conversos y simpatizantes del Islam combatiente, léase terrorista. Otros lamentan el triunfo por lo que supondrá de afirmación del proyecto dictatorial del Gorila Rojo, incluyendo en él la financiación petrolífera del castrismo, el apoyo a las guerrillas comunistas colombianas y el afianzamiento del modelo caudillista iberoamericano para el siglo XXI: una mezcla del clásico militarismo golpista y el no menos clásico marxismo tropical, chapoteando en océanos de retórica miserabilista. Otros, en fin, constatan que las masas, chavistas, peronistas, nazis, fascistas y socialistas en general, no siempre apoyan proyectos de libertad, justicia y prosperidad, sino que gritan con su voto, una y mil veces: ¡Vivan las Caenas! Qué nos van a decir a los españoles.
 
Pocos hacen hincapié en que lo normal es que Chávez haya amañado el resultado electoral y que el hecho de que dos zascandiles siniestros como Carter y Gaviria lo avalen, refuerza esa hipótesis. Que es la más razonable, por otra parte, pero que es la menos comentada, porque pondría a la llamada comunidad internacional ante el desagradable dilema de qué hacer con Chávez... cuando no se piensa hacer nada. Qué les van a decir a los cubanos.
 
Por supuesto, si Chávez fuera un dictadorzuelo de extrema derecha, un Pinochet insolvente o un Videla con colesterol en vez de un gorila de extrema izquierda, la gran mayoría de medios de comunicación occidentales se habría movilizado para exigir a los dirigentes políticos democráticos un control implacable del golpista venezolano, devenido líder carismático y, por ende, mucho más peligroso. Pero como es amigo de Fidel Castro, antinorteamericano furibundo y anticapitalista de bolsillo ajeno, lo normal es que suceda al revés: que se le pidan cuentas a la Oposición por no ganar el referéndum, que a lo mejor sí ha ganado. ¿Quién lo sabe con certeza? ¿Quién puede probarlo? ¿Se habría aceptado en el referéndum convocado por Pinochet -y que le costó el Poder- una circunstancia tan pasmosamente anómala como que supuestamente hayan votado menos venezolanos contra Chávez de los que habían dado su firma para poder votar contra él? Evidentemente, no. Pero como se parte de que pocos países quieren realmente liquidar el régimen de Chávez, se da por hecho que los venezolanos no han querido hacerlo. Como si la mitad de Venezuela, según los números del propio Chávez, no mereciera el apoyo, respeto y colaboración de todos los países y partidos políticos democráticos del mundo. ¿No están defendiendo la libertad, suya y de todos? ¿Por qué preguntarles qué hacen o qué no hacen contra el dictador en vez de preguntarnos qué hacemos y qué no hacemos para ayudarlos?
 
Lo peor no es que las masas pocas veces apetezcan la libertad. Lo peor no es que la democracia sirva a menudo a los dictadores. Lo peor es que nos hayamos acostumbrado a soportar como propio de las democracias la persistencia e incluso la implantación de las dictaduras socialistas, si alguna no lo fuera, y de izquierda, que ahora lo son todas. Lo peor es que hayamos dejado que los cubanos padezcan durante cuarenta y cuatro años una delas dictaduras más atroces de la historia y que estemos dispuestos a tratar a los venezolanos como a cubanos. No todos, naturalmente. Pero pocos, como de costumbre.
 
Sin embargo, no hay alternativa moral a la lucha contra la dictadura, en Caracas, en La Habana o donde sea. Y era peor cuando hace veinte años apoyábamos a Sajarov o a Walesa en su lucha contra el comunismo seguramente menos de los que ahora apoyan a los venezolanos que seguirán luchando contra Chávez. A pesar de la caída del Muro. Quizás porque, ayer como hoy, la lucha por la libertad tiene algo de quimérico y de necesario, de forzoso y de incompleto, de minoritario, de solitario. De ahí la melancolía. Esta melancolía.
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