Demasiadas vueltas para llegar al principio

Federico Jiménez Losantos
Puede pensarse que el guión del ataque a Irak decidido por Bush hace varios meses se ha desarrollado sin ninguna contrariedad: los países árabes han clamado contra la agresión occidental para acabar apoyándola, los presuntos aliados occidentales han pasado de una gélida distancia crítica a la colaboración acostumbrada e incondicional y la oposición norteamericana ha evolucionado desde la obstrucción parlamentaria y el boicot presupuestario a batirse en retirada en nombre de un patriotismo que han tardado varias votaciones en sentir. Sin embargo, las cosas han sido mucho más complicadas: los demócratas se han rendido tras haber puesto a Bush en la necesidad de jugarse todo su prestigio y su fuerza en unas elecciones al Congreso y al Senado en la que la magnitud de su victoria ha sorprendido a sus propios partidarios. Los países europeos, singularmente Francia, han rentabilizado políticamente su oposición a los USA y han variado paulatina pero radicalmente de criterio a medida que Irak y sus hermanos árabes mostraban una absoluta incapacidad de enmienda y de maniobra. En cuanto a los países árabes y la "umma" musulmana, su belicosidad verbal corre pareja con su parálisis política, institucional, diplomática y, en última instancia, militar. Todos en bloque dicen no, pero cada uno por separado dice sí.

Sin embargo, la pasividad de los países oficial o socialmente musulmanes en lo que respecta al terrorismo islámico, así como los éxitos electorales de los partidos islámicos en Turquía, Pakistán, Bahrein o Marruecos es un hecho nuevo que se desarrolla ante nuestros ojos y que no augura nada bueno para el futuro. Tampoco parece aventurado predecir el final de alianzas tradicionales como la de los USA y Arabia Saudí. La corrupción de los petrodólares ha financiado demasiados terroristas durante demasiado tiempo como para que una administración norteamericana pueda seguir paseándose del brazo de los multimillonarios jeques wahhabitas. La evolución de los hechos después del 11 de septiembre ha confirmado que el terrorismo de Ben Laden no es un producto atípico del islamismo sino el desenlace lógico de una política que ha pretendido conciliar la plutocracia para los poderosos y el Corán para los pobres. Ese equilibrio se ha revelado insostenible en este último año. Pero las consecuencias están todavía por extraer. Y probablemente hará falta esperar a que termine la guerra de Irak para comenzar a vislumbrarlas.

Lo mismo sucede en el caso de Europa Occidental, que ha mostrado su peor rostro de aliados meramente contemplativos en un momento en que los USA no podían permitirse contemplaciones. Escudándose en la ONU, que ya es descender en las excusas, la Unión Europea ha demostrado que Estados Unidos no pueden contar con ellos para nada, salvo para seguir su estela. Y eso, con la salvedad de Gran Bretaña, después de hacerse mucho de rogar. En general, fuera de Washington y Londres, ninguna capital del mundo ha dado muestras de haber entendido el mensaje terrorista exhibido hace un año en pleno Manhattan. De la política de los países occidentales con respecto al islam puede decirse lo que los republicanos de los Borbones: “ni aprenden ni olvidan”. Hemos dado muchas vueltas para volver al principio: los USA están dispuestos a darse por enterados cuando los atacan y a defenderse usando su fuerza, con el aplauso internacional o sin él. Esta determinación norteamericana es lo único bueno que cabe extraer del largo proceso que empezó con la guerra de Afganistán y termina, de momento, con el ultimátum unánime del Consejo de Seguridad de la ONU a Sadam Hussein, que en buena lógica debe llevar a la guerra contra el régimen que un Bush no liquidó cuando resultaba barato y otro Bush deberá destruir a un precio demasiado caro.

Pero en este viaje absurdamente largo hemos comprobado que las alforjas occidentales están medio vacías. Y que ni siquiera el terrorismo es capaz de despertar de su modorra a unas clases dirigentes y a unas masas votantes que no parecen apreciar lo que tanto ha costado conseguir: la libertad y la prosperidad del mundo civilizado. El espíritu de Munich sigue vigente. Nada hemos aprendido del totalitarismo nazi ni del soviético. Al revés: parece habérsenos olvidado hasta que el Muro sólo cayó porque previamente se levantó. En España estamos yendo más lejos: hemos olvidado hasta la Reconquista. Y una amnesia de ocho siglos muestra un deterioro cerebral prácticamente irreversible. No estamos solos en ese achaque, pero somos los más cercanos a la Morgue.

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