De Génova a la mezquita

Federico Jiménez Losantos
Los enemigos de lo que ellos mismos llaman “globalización” son, sin eufemismos, los enemigos del liberalismo, de la democracia, de la tradición judeocristiana, de la Ilustración y de todo cuanto se opone en nombre de la libertad y la dignidad individual a cualquier designio colectivista o teocrático. Y del mismo modo que es normal que Fidel Castro acabe fotografiándose con un sobrino-nieto de Jomeini, era previsible que los bárbaros “antiglobalización” que convirtieron Génova en un escaparate totalitario acabasen apareciendo en las filmaciones de la “kale borroka” o en los arrabales europeos del terrorismo islámico. No es que todos sean iguales, es que su enemigo es el mismo; no es que todos defiendan la misma causa, es que todos atacan a una misma cosa, a una idea básica, que es la Libertad.

Pero los datos que Libertad Digital va aportando sobre ese hilo rojo que une a los violentos de la extrema izquierda comunista con los ultraconservadores islámicos van más allá de la anécdota. Tampoco era anecdótico que los terroristas del IRA o de ETA se entrenaran en el libanés Valle de la Bekaa con la OLP o, cuando habían matado mucho y la policía los seguía de cerca, se refugiaran en La Habana. No es casualidad que los que odian a los Estados Unidos porque los identifican con el capitalismo, el liberalismo y la democracia colaboren con los que los odian porque para ellos significan el pecado, la promiscuidad sexual y la impiedad materialista. Y si el Once de Septiembre ha sido el punto de no retorno en la reacción de occidente contra el terrorismo, también por el hilo del terrorismo de Ben Laden va saliendo el ovillo de esa violencia “antiglobalización” que no es sino la marca común de todos los movimientos totalitarios, miren hacia La Habana o a La Meca.

No hay ingenuidad en los movimientos antiglobalización, aunque haya jóvenes despistados y “tontos útiles” de cualquier edad entre los manifestantes de Seattle o Génova. No hay pluralidad religiosa cuando en las puertas de las mezquitas españolas se recluta a jóvenes para morir matando en Nueva York. Y del mismo modo que se ha terminado ya la vieja diferenciación artificial entre los terroristas vascos y los que comparten proyecto político con esos mismos terroristas, debe terminar la permisividad hacia esos clérigos y seglares musulmanes que, a la sombra del multiculturalismo bobo de Europa o los USA, preparan los funerales de los mismos inocentes o estúpidos que les acogen. No hay terrorismo bueno en ningún lugar del mundo ni hay tampoco totalitarismo que no sea terrorista y, como tal, deba ser perseguido en cualquier lugar del mundo. Pero conviene tomar nota de que hay terroristas que van de Génova a la mezquita y de la mezquita a Génova. Y que la “tolerancia cero” no es sólo un eslógan afortunado, sino la única política coherente para los países libres que quieren seguir siéndolo. Incluida España.

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