Cuando la política dirige la guerra

Federico Jiménez Losantos
Aunque las modernas armas de destrucción masiva –nucleares, químicas y bacteriológicas– amenazan con derrumbar todos los tratados clásicos de estrategia militar, esta II Guerra del Golfo podría ilustrar perfectamente el célebre aforismo de Clausewitz: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, al que se le añade a menudo esta relectura en clave hobbesiana: la política es la continuación de la guerra por otros medios. Nunca se ha visto una renovación tan espectacular de la tecnología y la estrategia militares al servicio de una idea política tan clara de la guerra, de un cierto tipo de guerra que es la que probablemente tendremos ocasión de ver en el futuro. Nunca la innovación en el campo de batalla ha servido tan ajustadamente a lo que desde el punto de vista liberal se entiende como el predominio del poder civil. Y no es casualidad que sean precisamente norteamericanos y británicos los que hayan alumbrado esta forma de hacer la guerra que es también una forma de hacer política. Nada que ver con la tradicional de Alemania, la de Francia en Africa o Rusia en Chechenia, los tres “objetores de conciencia” de las tropas aliadas en esta contienda. Chirac y Putin no entienden que británicos y norteamericanos gasten mucho y maten poco. Ellos gastan mucho menos en sus guerras y matan mucho más. Será por eso.

Es posible que en la toma de Bagdad la conquista se alargue y en la lucha calle por calle y casa por casa los sufrimientos de la población civil, empezando por los muertos, sean tremendos. Pero, de momento, conviene reseñar que los bombardeos más feroces de la historia no han provocado, por propia voluntad y según las propias fuentes iraquíes, ni siquiera un millar de muertos. Si sólo en Dresde murieron trescientos mil civiles en dos oleadas de ataque al final de la II Guerra Mundial, con unas bombas infinitamente menos poderosas que las utilizadas por los norteamericanos en Irak, se ve la diferencia.

El extremo cuidado con que los aliados están tratando a la población civil iraquí, al margen de errores humanos y fallos inevitables que incluyen a sus propios soldados y a los aliados kurdos, se demuestra por el número de bajas, pero también por rehuir el enfrentamiento genuinamente militar en medio de la población civil, que es lo que el cobarde ejército sadamita ha intentado en sus ciudades y lo que los aliados de momento han evitado. Siempre con las trágicas salvedades de rigor, pero haciendo hincapié en la norma política asumida por los estrategas militares: golpear al régimen sadamita hasta derribarlo procurando distinguirlo de la pobre gente iraquí que se verá pronto liberada de este monstruo. Es una guerra hecha pensando en la opinión pública occidental y en las objeciones que desde las democracias se oponen sistemáticamente a las actividades militares, por grave que sea el peligro y por muy preventivo que resulte el ataque. No tiene repercusión en una mayoría “progresista” que, por mala fe o por estulticia, seguirá culpando a los norteamericanos de lo que hagan y de lo que no hagan. Pero sí vale la pena señalarlo para que los que respaldan por razones morales y políticas el ataque al régimen iraquí pueden sentirse razonablemente orgullosos de la estrategia de sus soldados. Hay guerras y guerras, como hay dictaduras y democracias. Y la diferencia nunca ha estado tan clara.

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