Opinión

¿Confiar Irak a esta ONU de Castro?

Federico Jiménez Losantos
Casi nunca ha servido la ONU para nada bueno y casi siempre para mucho malo. Nació como un apéndice de Yalta y no ha ido más allá de la apendicitis diplomática. Pero la miserable campaña antiamericana de Francia y otras ratas occidentales en la guerra de Irak pretende convertirla en una instancia político-militar superior moralmente a los USA, a la OTAN y a sus aliados, es decir, a los países que pueden defender principios democráticos en la escena internacional, porque son los únicos que los observan en sus propias leyes y costumbres. Pretender que un centenar de dictaduras constituya el núcleo duro y la instancia suprema que debe velar desde la ONU por la buena marcha democrática del mundo es una ofensa para todas las víctimas de esas dictaduras, más de la mitad de la Humanidad, y una prueba de hasta qué punto las democracias europeas e iberoamericanas abonadas al
antiamericanismo se han convertido en una ciénaga de corrupción, en una banda de Estados miserables que no merecen ni escupir sobre ellos.

Lo que realmente es la ONU —la de ahora y la de siempre, pero ahora es más flagrante— lo acaba de demostrar amparando a Cuba después de los últimos asesinatos, torturas, encarcelamientos y atrocidades perpetrados por el castrismo. Nada podía esperarse de una instancia para defender supuestamente los Derechos humanos y que está presidida por Libia, un Estado que no es que practique el terrorismo sino que se confunde con él. ¿Cómo va a condenar Gadafi a Castro? Pero cabía pensar, al menos entre los bienpensantes europeos y la nutrida población del limbo iberoamericano, que la ola de condenas casi unánimes en todos los países medianamente civilizados, incluida —aunque a regañadientes— una parte de la izquierda
tradicionalmente cómplice de los crímenes de la dictadura comunista más antigua y salvaje de cuantas subsisten en el mundo. Pero hasta a esa izquierda le produce sonrojo contemplar las fechorías de su Iberosaurio. Qué asco debe dar Castro para que hasta su viejo loro Saramago haya hecho un mohín de repugnancia y haya condenado los tres fusilamientos y las decenas
de encarcelamientos.

Pero el asco no existe en la ONU. La decencia no existe en la ONU. La libertad es un expediente incómodo en la ONU. Las dictaduras mandan en la ONU. Y las democracias de boquilla que son sentinas de corrupción —especialmente las iberoamericanas— reconocen en Castro a su verdadero líder espiritual y no dejan pasar la ocasión de demostrarlo. ¿Y a esta ONU incapaz de condenar a Castro pretende la UE entregarle la reconstrucción de Irak? Si lo hace, antes de un año Sadam manda de nuevo en Bagdad.

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