Comienza el cerco al sistema constitucional

Federico Jiménez Losantos
La dimisión de Redondo Terreros es un episodio de extraordinaria gravedad y de indudable trascendencia histórica. Muy probablemente marca un punto de no retorno en la estrategia del PSOE, que empezaría a abandonar los grandes consensos nacionales con el PP para convertirse en la pieza clave de una alternativa al Gobierno que, por su alianza estratégica con los nacionalistas, lo sería también al sistema constitucional. El PP no solamente se quedaría solo en el País Vasco en la lucha común por construir una alternativa al nacionalismo separatista y aliado del terrorismo. Además, el PSOE abandonaría en las solas manos del PP la defensa de la nación y la Constitución.

De este modo, en vez de dos partidos turnantes que garantizarían la continuidad básica del sistema, el nuevo modelo político alumbrado por esta deserción nacional del PSOE dejaría a un solo partido identificado con la legalidad actual, el PP, y acamparía con los separatistas en las afueras del sistema político, de modo que una victoria electoral del PSOE traería consigo inevitablemente una reforma constitucional en la línea de ese engendro teórico maragalliano al que llaman “federalismo asimétrico”, pero que con toda probabilidad alumbraría un sistema confederal extraordinariamente laxo, con derecho unilateral a la secesión de algunas –al final todas- las comunidades autónomas.

El argumento arrojadizo por parte de este PSOE, o mejor, de este felipismo dispuesto a destrozar España con tal de arrebatarle el Gobierno al PP, lo vienen exponiendo abiertamente los teóricos polanquistas en “El País” desde hace algunos meses: incluso Javier Pradera lo ha asumido ya con total desenvoltura después de las elecciones vascas. Según esta obra maestra del sectarismo y de la hipocresía, el PP no tendría ningún derecho a defender la Constitución, porque lo haría con el sectarismo interesado y la falsa fe del converso, ya que ni Aznar ni la Derecha quisieron nunca esta Constitución y ahora sólo pretenden impedir el desarrollo de sus potencialidades naturales. Éstas sólo las conocen y tienen legitimidad para entenderlas ellos, los únicos demócratas, los únicos progresistas, los únicos que pueden decir y hacer lo que hay que hacer y decir. ¿Cuáles serían esas potencialidades de la Constitución? Esencialmente una: su reforma en un sentido federal “asimétrico”, es decir, confederal y con derecho a la secesión unilateral de las “nacionalidades históricas”. Otra cosa no tendría sentido para los aliados del PSOE –los partidos de la Declaración de Barcelona- ni para el propio discurso de la izquierda, que obligaría a España a seguirle en su desvarío balcánico. La frívola y sectaria alternativa de González y Polanco, que tendría su punto de partida en la alianza PNV-PSOE, no es finalmente otra que la balcanización de España mediante la reforma constitucional. Y tras la caída de Redondo Terreros esa alternativa ya no es sólo una elucubración teórica sino una creciente, preocupante y gravísima posibilidad.

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