Ahora hay que evitar el Déficit

Federico Jiménez Losantos
Más vale tarde. El Gobierno ha reconocido al fin lo erróneo de sus datos y lo errado de su insistencia en mantenerlos. No es cuestión de insistir más en ello ni de regodearse en la crítica. Sobre todo, porque lo que viene ahora tras la rectificación no será más fácil que la rectificación misma. Puede ser incluso más complicado de realizar y de explicar y, desde luego, el Gobierno necesitará de la cooperación leal de los agentes sociales y medios de comunicación que sean conscientes de que nos jugamos el modelo de crecimiento español de los últimos años. Más aún: corremos el peligro de entronizar el déficit presupuestario como bálsamo para la crisis, al modo de tantos países de Europa que no han encontrado mejor forma de eludir el fuego que lanzarse a las llamas.

Rato y Montoro tienen por delante una complicada tarea de orfebrería contable, porque mantener la estructura presupuestaria tras rectificar los datos básicos del crecimiento será lo más parecido a uno de los Trabajos de Hércules. Pero antes de que se empiece a corregir el gasto por parcelas, conceptos y ministerios, conviene que quede a salvo el principio de no incrementar el déficit, porque ahí es donde lo más genuinamente obtuso del socialismo se ofrecerá como panacea contra la “rigidez” y el “dogmatismo” del Déficit Cero. Como también dentro del Gobierno habrá partidarios de levantar el pie del freno, es fundamental que Rato y Montoro mantengan el principio de no gastar más de lo que se ingresa y que se vean respaldados por la opinión pública, al menos por la parte sensata de la opinión que entiende disparatado cambiar ahora el paradigma ortodoxo y sensato que tan buenos resultados nos ha dado en los años de Gobierno del PP.

Conviene trasladar al Gobierno la sensación de que, una vez admitido el error de cálculo, no hay necesidad de multiplicarlo cambiando de política. Que incluso la subida de impuestos con carácter temporal es preferible al descontrol presupuestario. Y que en esa batalla ante una opinión pública generalmente desorientada cuenta con los apoyos suficientes para mantener su línea de fondo, que no era mantener una estimación sino una política. Llegados a este punto, ya no hay facturas ideológicas o agravios mediáticos que pasar: hay que apoyar lealmente y sin fisuras al Gobierno. Si se deja, claro.

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