El Real Madrid o la globalización del fútbol

3. De Bernabéu a Florentino y viceversa

Federico Jiménez Losantos
La gran diferencia entre el Barcelona y el Madrid de Bernabéu fue la apuesta que éste último hizo por la internacionalización del club a través de la Copa de Europa, aunque el fichaje de Di Stéfano y su rápido afianzamiento en la temporada 1953-54 le habían permitido ganar el primer título de Liga en muchísimos años. Lo normal hubiera sido que Bernabéu, tras construr el nuevo estadio de la Castellana para forjar las bases económicas de un gran club (setenta mil espectadores, ampliados luego a ciento veinte mil, muchos de pie aunque se comportaban mejor que los bárbaros sentados de hoy), se sentara a disfrutar de su éxito personal y de las "glorias deportivas" que exaltaba el himno del club, antes de ser sustituido por el de José María Cano y Plácido Domingo. Sin embargo, ese año de resurrección deportiva madridista, el 1954, fue también el de una curiosa anécdota protagonizada por un club hoy casi olvidado, el Wolverhampton, campeón de la liga inglesa, que ese año derrotó al Spartak de Moscú y a un conjunto que entonces maravillaba a Europa: el Honved húngaro de Puskas, Kocsis y Czibor, cuyas estrellas habían de recalar pocas años después, tras la rebelión húngara de 1956, la masacre soviética y la huída en bloque de su selección, precisamente en el Madrid (el goleador Puskas) y el Barça (el delantero centro Kocsis y el extremo izquierdo Czibor).

El Daily Mail tituló entonces en portada: "El Wolverhampton es el campeón del mundo de clubs”, y eso decidió a Gabriel Hanot, creador del diario francés L´ Equipe, a poner en marcha la Copa de Europa, que cambió radicalmente el fútbol profesional. Era un proyecto que venían acariciando ya de antes, pero que el nacionalismo francés, herido por la soberbia inglesa, disparó de una manera muy distinta a la acostumbrada. Hasta entonces, el fútbol internacional se desarrollaba casi exclusivamente a través de las selecciones nacionales. Lo que había nacido espontáneamente en la sociedad civil y dentro de la sociedad civil por excelencia, la británica, desde la que se extendió rápida y anárquicamente a todo el mundo, había ido siendo absorbido por el poder político, los Gobiernos y los Estados. Fue así, sin discusión, hasta la Segunda Guerra Mundial y en la complicada posguerra europea, con la Guerra Fría y frente al escaparate del falso amateurismo de los países comunistas, la UEFA –creada en 1945– preparaba una copa de selecciones nacionales europeas y los clubes no encontraban la fórmula que permitiera un desarrollo acorde con su potencialidad, con los nuevos estadios y con las grandes masas de aficionados que acudían al campo o seguían los partidos a través de la radio.

Siguiendo el relato de la apasionante peripecia presidencial de Bernabéu en el ya citado libro de Pasamontes, el madridista, que era gran amigo del periodista francés, apoyó entusiásticamente el proyecto de la Copa de Europa, mientras el Barcelona, a través de su nuevo presidente Miró Sans, uno de los más grandes de la historia del club, se opuso resueltamente, pero con razones serias y que hoy nos resultan actualísimas: recargaría demasiado el calendario de los clubes, obligados a jugar la Liga, la Copa y la nueva Copa de Europa (sólo el campeón de cada país, pero el Barça seguía pensando como tal, pese a Di Stéfano), haría más dura la temporada para las estrellas y habría más lesiones, de forma que rechazó la Copa de Europa de Campeones de Liga y, como única alternativa, propuso que se desarrollase en verano. Era una forma de rechazarla. Y como ha venido sucediendo desde casi siempre, el presidente de la Federación Catalana Agustí Pujol respaldó a Miró Sans, mientras el de la Federación Española apoyaba a Bernabéu.

Pero la burocracia de la UEFA no se rindió y preparó un sabotaje en toda regla. Durante una década (1945-1955) había sido incapaz de realizar la Copa de Europa de Selecciones Nacionales, incluidas o no las de los países sometidos al yugo soviético. Pero ante la amenaza del sector privado –en ese caso, de los grandes clubes de fútbol– hasta los burócratas desplegaron una actividad frenética y crearon otra copa europea de clubes para boicotear la expectación creada por la de Hanot y sus amigos. Buscando quizás el soporte del dinero público a través de los Ayuntamientos le pusieron el peregrino nombre de Copa de Ciudades en Feria, abreviadamente conocido como Copa de Ferias, aunque lo correcto hubiera sido el nombre que ahora tiene: Copa de la UEFA. Fue y sigue siendo un torneo de consolación, aunque la actual Liga de Campeones o Champions League ha absorbido tantos clubes importantes que ese año no han ganado su Liga (De España e Italia suelen jugar cuatro; de Alemania e Inglaterra, al menos tres) que su destino parece el de absorber la Recopa y crear una especie de Segunda División.

Desde el principio, la Copa de Europa galvanizó la atención europea y del mundo, porque cada año jugaban los mejores equipos –a menudo, lógicamente, los mismos– y el sistema de eliminatoria a doble partido garantizaba la emoción en cada encuentro. La temporada 1955-56 fue la primera y la primera que conquistó el Real Madrid. Ahí se forjó la leyenda: conquistó las cinco primeras de forma consecutiva, coronando un ciclo grandioso, asociado para siempre a Di Stéfano, con uno de los mejores partidos de la historia del fútbol: el que ganó por 7-3 al Eintracht de Francfort. Aquel Madrid ya no era sólo el de Di Stéfano: Santamaría, Puskas, Kopa o Rial, entre los extranjeros, y Gento o Del Sol entre los nacionales eran estrellas de proyección internacional. Del Madrid de las Cinco Copas se ha escrito tanto que difícilmente puede añadirse nada bueno que sea nuevo y corremos el peligro de buscar, por prurito de originalidad, algo nuevo que no sea bueno. Baste señalar algo que conviene a este ensayo: la constelación de figuras –avaladas por los títulos, de 1956 a 1960– del Real Madrid de Bernabéu no ha sido igualada desde entonces por ningún club del mundo... hasta el Real Madrid de Florentino Pérez, de 1999 a 2003. El palmarés es prácticamente imposible de igualar. El prestigio internacional lo ha sido ya. Sin embargo, dentro del curioso paralelismo entre los presidentes del Cincuentenario y el del Centenario, y del ejemplo que sin duda Bernabéu ha supuesto para Florentino, entre aquel Madrid y éste hay tantas semejanzas como diferencias, aproximadamente las mismas que entre el fútbol de entonces y el actual. El mérito de ambos es haber avizorado el futuro desde el presente, haberse adelantado a todos con una mezcla de audacia, inteligencia y, por qué no decirlo, suerte.

Florentino llega para evitar la quiebra... y fastidiar al Barça. La llegada de Florentino a la Presidencia del Madrid se pareció a la de Bernabéu en dos aspectos cruciales: la necesidad de sanear financieramente al club para no ser el rival pobre del FC Barcelona en el fútbol español y el deseo de quitarle a su futbolista más deseado: Di Stéfano con Bernabéu y Figo con Florentino. En ambos casos, conseguir que el jugador saliera del Barcelona para entrar en el Madrid exigió un arrojo de kamikaze y una discreción de agente secreto. Y aunque ya hemos reseñado la novela del fichaje del argentino, fue mucho más difícil la del astro portugués. Porque el Barça del 53 ya tenía a Kubala, y el Kubala de 1998 que fichó Florentino era, precisamente, Luis Figo. Aunque económicamente estaba en quiebra y su gestión oscilaba entre lo desatroso y lo bochornoso, el Madrid de Lorenzo Sanz había vuelto a ganar la Copa de Europa por dos veces y nadie esperaba que Florentino, que ya había fracasado antes en su asedio a la Casa Blanca, pudiese derrotar a Sanz, a la Séptima y a la Octava.

Lo hizo de una manera literalmente increíble: anunciando el fichaje de Figo, el mejor jugador del Barça, si salía elegido. Es cierto que lo había atado con un contrato cuyas condiciones no se han conocido nunca pero debían de ser feroces. Sin embargo, como estaba supeditado a ganar las elecciones y nadie creía en su victoria, Figo firmó, con la idea de aprovechar a Florentino para mejorar su sueldo en el Barça. Pero mediante una explotación habilísima y sin muchos escrúpulos de las debilidades de las peñas y los compromisarios del club, que incluían desde regalitos y banquetes a tardes gratuitas para toda la familia en el Parque de Atracciones, Florentino venció con cierta claridad y por sorpresa a Lorenzo Sanz. Luego, las interpretaciones fueron muchas, y acaso la más verosímil era que el socio madridista era consciente de que la crisis económica del club había llegado a una situación límite y sólo alguien con mucho dinero y mucha influencia política podría conseguir la soñada y nunca conseguida recalificación urbanística de los terrenos de la Ciudad Deportiva, otra fabulosa herencia de Bernabéu, pagar las inmensas deudas y crear un Real Madrid para el siglo XXI.

A Florentino no le costó mucho conseguir lo primero: se rodeó en su directiva de millonarios con aldabas políticas, como Juan Abelló y Fernando Fernández Tapias, "Fefé", cultivó las amistades políticas con el PP, desde Aznar a Manzano y Gallardón, mimó al gran padrino mediático de la Izquierda, el plutócrata Jesús de Polanco, y consiguió, tras la recalificación, un proyecto con cuatro torres, cada una de ellas para pagar un cuarto de la deuda y fichar a una gran estrella. Tras el golpe psicológico y de talón de Luis Figo, llegó el fichaje astronómico de Zidane; tras el desembarco del astro francés avecindado en Italia, llegó Ronaldo, ex-jugador del Barça y renacido milagrosamente de sus cenizas deportivas en el Mundial de Corea; y tras Ronaldo, llegó el único que faltaba: David Beckham. Con Figo, ganó la Liga; con Zidane, la novena copa de Europa y la Copa Intercontinental; con Ronaldo, la Supercopa de Europa y otra vez la Liga, con Beckham... quizás nada, pero es el candidato favorito para ganarlo todo. Y está haciendo el fútbol más brillante, más espectacular y más anonadante que se ha visto en España, en Europa y tal vez en el mundo desde tiempos de Di Stéfano.

Las críticas al "star system" del Madrid de hoy reproducen, poco corregidas y bastante ampliadas, las que se hicieron al Madrid de ayer. Pero si a algo se parecen las contrataciones de Florentino es a las de Bernabéu. Amén de Di Stéfano, los Santamaría, Didí, Rial, Puskas, Kopa, Gento, Del Sol y no pocos grandes futbolistas forjados en la "cantera" del Madrid son apenas inferiores a los actuales "Zidanes y Pavones", brillante fórmula de Valdano para resumir la promesa de Florentino: cuidar la cantera y fichar cada año a un "crack" internacional. Unir a los Casillas, Raúl, Guti, Pavón o Portillo, nacidos en Madrid, los Roberto Carlos, Zidane, Figo, Ronaldo o Beckham, nacidos en todas partes, es el modelo de todos los grandes clubes del siglo XX, empezando por el mejor de ellos que, según la FIFA y sin discusión de nadie, es el Real Madrid. Pero es también el del Barcelona, el Manchester, el Bayern de Munich, el Milán o la Juventus. ¿Qué es entonces lo que ha cambiado en el fútbol? ¿Y qué cambia este Real Madrid? Un mundo más global, un fútbol más universal A mi juicio, lo que ha cambiado es el mundo, hoy más comunicado, relacionado, "globalizado" que nunca. Ha cambiado el fútbol europeo, que como ya anunció Bernabéu en una de sus últimas entrevistas, ha sido anegado por una verdadera oleada de futbolistas africanos y asiáticos, tan buenos y más baratos que los suramericanos. Y ha cambiado el negocio, que ya no se limita a vender entradas ( lo que implantó el actual "star system", el fichaje cada temporada de estrellas foráneas en todos los clubes) sino que lo vende todo. Desde los derechos de televisión hasta las camisetas: todo. El modelo de baloncesto profesional de la NBA, siempre añorado por los clubes europeos, aún no se ha impuesto a la burocracia de la UEFA y padece a la de la FIFA, pero el modelo de sociedad anónima para los clubes y el sistema de financiación de las estrellas, mitad contrato deportivo y mitad contrato publicitario paralelo, se ha impuesto de forma aplastante y, sin duda, irreversible. La gestión empresarial del Milán de Berlusconi o el Barcelona de Núñez fue superada por la capacidad comercializadora del Manchester de Ferguson, el imperio del marketing cuyo rey era y es David Beckham. Y la llegada de Beckham al Madrid sólo prueba que Florentino ha logrado sintetizar y desarrollar lo que estos y otros clubes, siempre en la estela del Madrid de Bernabéu, han ido creando en los últimos tiempos. No vienen al Madrid porque pague más sino porque en él ganan más dinero. Y porque el dinero no sólo se gana en el campo sino en la televisión. Una buena imagen vale por veinticinco goles, pero si además de tener una buena imagen se juega bien, se meten goles y se ganan títulos, mejor para todos.

La gran pregunta es: ¿podrá seguir permitiéndose el Madrid de Florentino los fichajes que lo han convertido en "galáctico"? ¿Es este Real Madrid necesariamente efímero o puede consolidar una estructura económica y deportiva que dure bastantes años? Don Santiago Bernabéu no lo hubiera dudado y, de hecho, no lo dudó: hay que ambicionarlo todo, apostar fuerte para ganar. Florentino sigue haciéndolo, pero según muchos es más fácil ganar la Décima Copa de Europa que conseguir que le cuadren las cuentas. En la temporada 2003-2004 hay casi tantas razones para predecir la gloria como para avistar la catástrofe. Claro que ¿quién no firmaría perderlo casi todo después de ganar tanto?


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