El borde espinoso del acebo

Eva Miquel Subías

El espíritu navideño de este año viene precedido de una demoledora imagen de dos tipas que dicen representar a las Femen repartiendo palos directamente a las cabezas de la Virgen María y San José en el Pesebre de la Grand Place de Bruselas.

Al mismo tiempo, un tal Chep Hernawan, el autoproclamado líder del IS de Indonesia, dice haber enviado a 700 personas a Siria a luchar por Dios sabe qué, apuntando, con precisión, que la acción de degollar es menos sádica que la de fusilar. Y todo ello sin pestañear, oigan. De un tirón.

Sorprende que a quienes más le molesta el cristianismo no dejen de hablar ni de actuar contra él. Porque saben, en el fondo, que no se trata solo de una religión, sino de los valores en los que está fundamentada una civilización entera.

Pero el problema es que ésta, además, está en horas bajas y apenas tiene filas de infantería que luchen por ella, ni intelectual ni físicamente.

Y sé que les estoy decepcionando, ya que habitualmente intento asomar por aquí para levantarles el ánimo como una buenamente puede.

Pero qué quieren que les diga. Cuando asistes a un panorama donde la izquierda se pelea por adjudicarse la autoría del antológico "Pásalo" y de organizar el asalto a las normas básicas de la democracia en una jornada de reflexión nunca antes así vista, entiendes que te enfrentas a un desierto ideológico. A una árida tierra donde las raíces sobreviven a duras penas entre los polvos de lo algún día fue.

Porque, francamente, y sin ánimo de dramatizar. Podría entender que hubiera algún duelo dialéctico al respecto de quien hubiera creado la fórmula para conseguir el pleno empleo. O de quien procurara que cualquier ciudadano pudiera estar asistido con los más elementales derechos sociales con un coste asumible.

Pero salir a la cancha a batallar sobre quién ideó los 140 caracteres de los mensajitos del 13-M, que sirvieron para atentar contra un Gobierno a base de asaltos difundidos en todos los prime time del momento, pues no sé yo si es precisamente motivo de orgullo.

Es evidente que ya nada es lo que era. Ni siquiera las reglas de juego. Ni, por supuesto, las varas de medir. Ni la honestidad intelectual de los contrincantes. Ni siquiera la mínima cortesía requerida que te permite manejar el florete con la mirada bien alta.

Es ya todo digno de oscuros callejones disfrazado de lucha proletaria.

Y justo al cruzar la húmeda esquina, la publicidad, sin embargo, nos remueve un poquito el alma para desentonar en este tan poco estimulante ambiente.

Ikea, sin ir más lejos, ha lanzado una campaña preciosa. Enternecedora como pocas, sencilla pero efectiva. Entrañable y nada cursi.

Tan simple como la redacción de una carta en la que unos niños piden regalos a los Reyes Magos y más presencia en casa a los padres. Más cariño. Mayor entrega. Algo muy básico, muy simple y aparentemente evidente.

Pero que resume, en una insignificante mirada, en un imperceptible detalle, mucho más de lo que llegamos a poder abarcar ahora. Y que, más pronto que tarde, me temo que llegaremos a lamentar.

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