La tía Lola

Eva Miquel Subías

Lo cierto es que no quería llegar a mi última columna de este intenso año sin dedicarle unas palabras. No quería, pero francamente, es que no podía. Porque, en este caso, siento que tengo el deber moral de hacerlo.

Las burbujas doradas de Freixenet forman parte ya de todas y cada una de nuestras Fiestas de Navidad. Personalidades nacionales e internacionales de primer nivel se disputaban el honor de ser los protagonistas de lo que, sin duda, era uno de los anuncios del año.

Siete añitos tenía una servidora cuando se lanzó el primero de ellos, cinco años después de que la empresa decidiera embarcarse en su aventura expansionista. Los gloriosos años setenta, queridos.

Verán. Una sucumbe rápidamente ante las historias de superación, ante aquellas personas que han sabido construir arriesgando su capital, ante el valor de un pequeño y mediano empresario que se enfrenta a diario a retos novedosos, ante mujeres emprendedoras que en un determinado momento han creído en sí mismas y en su proyecto y lo han dado todo por él. No sólo sucumbo. Me quito el sombrero y lo que haga falta y les profeso mi más sincera admiración.

Pero verán. Tengo especial cariño a la empresa familiar. Y a los que han sabido no sólo conservar el espíritu y el legado de sus fundadores, sino que han sabido situarla arriba de todo, evolucionando junto a ella, convirtiéndola en un referente y dando empleo a trabajadores que se sienten uno más del proyecto.

Y este es el caso de José Luis Bonet. Conozco al presidente de Freixenet desde hace muchos años. Él, por entonces, era ya el señor que es. Templado, sensato, con inteligencia soberbia y gran amante de su familia.

El otro día volví a coincidir con él en un almuerzo en Barcelona. A pesar de su estado griposo, ni una sola de sus palabras estaba escogida al azar o carente de pleno sentido y sabiduría.

Más allá de las cifras de su negocio y de la impresionante evolución desde que -como él así lo definió- pasaron de armar una infantería a formar la artillería, reforzando la política comercial y de comunicación casi al mismo tiempo, hasta llegar a ser el número uno en Estados Unidos o vender ahora la friolera de 10 millones de botellas en Japón, quien a mí me fascinó fue la figura de su tía Lola.

Los consejos de administración, originariamente, tenían lugar en la cocina del domicilio familiar, junto a José Ferrer, su tío y fundador de Freixenet, y junto a sus tías. Percibí arrojo y coraje en su figura, atendiendo a la manera en la que describía la personalidad de la tía a la que, desde luego, me habría chiflado conocer.

Porque es la pura esencia de la compañía y de lo que representa. Bonet considera que la empresa significa, asimismo, valores. Considera que la política se antepone, erróneamente, a la economía. Y no da apenas importancia a su reafirmación, desde siempre, de sentirse plenamente catalán, profundamente español y cómodamente europeo. (Los adjetivos son cosa mía, pero es que me estaba emocionando, ya me perdonarán).

En su casi exótica humildad dijo que respetaba honestamente a quienes habían decidido no hablar. Pero que él tenía el deber de hacerlo. El mismo deber moral que tendrán todos los empresarios, llegado el hipotético momento de una hipotética consulta, de explicar a sus trabajadores cómo valoran las consecuencias.

No voy a entrar en el mensaje esperanzador del anuncio de esta edición, ni en las reacciones mezquinas de quienes lo han considerado algo así como una afrenta porque, honestamente, no creo que merezca demasiado la pena.

Pero lo que sí merecía la pena era desearles a todos ustedes una muy Feliz Navidad con este diminuto homenaje a una gran persona y a una gran empresa de mi tierra, a la que sigo amando indiscutiblemente, aunque, en ocasiones, me haga llorar.

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