¿Comienza en 2020 el fin del imperio europeo?

Enrique Navarro

Este nuevo año se producirá un dato macroeconómico muy relevante: el resultado de la revolución estratégica a la que el mundo asiste desde el comienzo de este milenio. Aunque pongamos fechas emblemáticas para determinar los cambios de era (476,1453 ó 1789), detrás siempre ha habido procesos evolutivos, que por no anticiparse, nos parecen trascendentales o novedosos.

¿Qué va a suceder en 2020? El PIB de China superará a la zona Euro, lo que no ocurría desde el siglo XVI. Y lo que es más relevante, el área del Pacífico englobará a finales de siglo más de la mitad de la economía mundial, mientras que la fragmentada Europa acumulará apenas el 10% del PIB global.

El imperio europeo, entendido como el predominio económico, apenas duró un siglo, desde mediados del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial, pero su reemplazo por el apéndice norteamericano, no había producido grandes convulsiones. Cuando en 2050 la economía china haya superado a la norteamericana, nos daremos cuenta de la revolución que esto supondrá.

El crecimiento económico, estratégico y militar chino nos ha llevado a una situación de una amenaza muy superior a la de la Unión Soviética, que se basaba en exclusiva en su fuerza militar. China hoy no es sólo la segunda potencia militar del mundo, sino que, por sus desarrollos tecnológicos, y una gran capacidad inversora, comienza a rivalizar con la capacidad militar, industrial y comercial de los Estados Unidos. Pero lo preocupante de esta situación para los europeos no es una posible confrontación entre China y Estados Unidos, sino que ambos se pudieran unir para un reparto de influencia a nivel global.

Cada década que transcurre, Estados Unidos se distancia más mental y económicamente de Europa y se vuelca en el Pacífico. Huyendo de la quema, el Reino Unido, la economía de Europa más dinámica en lo que va de siglo, ha sido el primer país en visualizar que quedarse colgado de la brocha de Bruselas le llevaría a un ostracismo estratégico al que se resiste un país, pobre como pocos, que lideró el mundo durante un siglo.

En lo que va de siglo, la economía mundial ha crecido un 75%; frente al 82% del periodo 1980-2000 y a un 142% del periodo 1960-1980; pero el dato significativo es que en los años sesenta y setenta, el 75% de ese crecimiento se produjo en Occidente; en este siglo el 60% del crecimiento global se ha basado en los denominados países emergentes y subdesarrollados, lo que ha llevado a reducir la pobreza a sus niveles mínimos de la historia, lo que sin duda es una excelente noticia en aras de la seguridad global.

Para las próximas dos décadas, el 80% del crecimiento se concentrará en economías emergentes y subdesarrolladas. Esto significará que el peso de la economía europea sobre el global se reducirá hasta el 10% del total mundial, cuando en 1935 era del 45% de la economía global.

En lo que va de siglo, las economías más pujantes entre las grandes fueron China, que multiplicó por cinco su PIB, e India e Indonesia, que lo multiplicaron por tres. A comienzos de 2000, el peso de la economía china sobre la global era del 4,5%, hoy ya supera el 13%.

Si nos centramos en las economías occidentales las más dinámicas fueron EEUU, cuyo PIB creció un 46%; Australia un 67%, Canadá un 58%, Corea del Sur un 94%, Rusia un 81% y Reino Unido un 37%. Por el contrario, Japón apenas creció un 16%; Italia un 3,4%, el verdadero talón de Aquiles de Europa, Francia un 25%, Alemania un 26% y España un 33%.

El segundo dato significativo es la evolución de la población; y en este caso tenemos buenas y malas noticias. La buena es que, a partir de 2050, la población mundial comenzará a reducirse; no parece que pasemos el listón de los 10.000 millones de terrícolas, y eso sin duda supondrá un relajo sobre el medio ambiente y la explotación de recursos naturales. Pero la contrapartida será el envejecimiento de la población; un tercio de la población a finales de siglo tendrá más de 70 años, y sólo habrá un tercio en edad de trabajar; esperemos que la tecnología supla esta deficiencia, aunque en esto la alegría también irá por barrios.

Aunque pensamos que las economías en desarrollo y en especial las de África y el mundo árabe mantienen altas tasas de natalidad, lo cierto es que pasar de los cuatro hijos a menos de dos costó en Estados Unidos 150 años, y en Filipinas apenas veinte, y esta revolución de la natalidad en África y el mundo árabe será la que nos traiga un nuevo periodo de la historia de reducción de la población, sin que haya intervenido, en este caso, la naturaleza.

La mala noticia es que este reparto del descenso poblacional no es uniforme, y castigará a las economías más desarrolladas. Mientras que Nigeria alcanzaría los 700 millones de habitantes en 2100 e India será en país más poblado en apenas dos décadas, sólo algunos países desarrollados mantendrán crecimientos relevantes como Estados Unidos, Reino Unido, Canadá y Australia. El desierto demográfico afectará a Japón que perderá el 40% de su población a final de siglo pasando de 127 a 75 millones; China también perderá casi 400 millones de habitantes, un 25% lo que unido al envejecimiento de su población traerá nuevas tensiones internas, aunque relajará las ambiciones exteriores. En Europa, España e Italia se llevan la palma. El primero perderá 14 millones de habitantes llegando a los niveles de 1965, e Italia disminuirá su población en 21 millones de habitantes. Alemania acabará el siglo más cerca de los 70 millones de habitantes y sólo Francia y los países nórdicos mantendrán su población en los términos actuales. Muy significativa es la reducción acelerada de la natalidad de los musulmanes en Europa, que va camino de igualar a la media europea en apenas una generación.

Nuestro amenazante vecino, Rusia, también se enfrentará a una situación terrible ya que perderá 20 millones de habitantes llegando a 126 millones para el país más extenso de la Tierra. Esta disminución generalizada de población traerá una corriente más acelerada de transición a las ciudades, huyendo de las carencias de la vida rural que quedará para aventureros o subsidiados, lo que contribuirá a acelerar la caída poblacional, ya que las ciudades mantienen tasas significativamente más reducidas de natalidad que en entorno rural.

Todos estos nuevos desequilibrios también vendrán acompañados de los nuevos posicionamientos en las capacidades militares. China gastará en Defensa en 2020 más que toda la Unión Europea, y está incorporando material que va desde nuevos misiles nucleares hipersónicos, submarinos, portaviones, destructores, aviones de combate, a un ritmo muy superior al de Estados Unidos. Aunque el gigante norteamericano, con un gasto militar en 2020 de 760 mil millones de dólares, capitaliza más del 50% del gasto mundial militar, China se encontrará en condiciones de extender su amenaza nuclear a todo el Globo y tendría una clara supremacía regional sobre todos sus vecinos lo que le permitiría expandirse por las aguas del mar de China y acceder al petróleo que tanto necesita para mantener su economía y crecimiento. Si China se lanzara a una guerra convencional en Asia, Estados Unidos no tendría ninguna capacidad de victoria.

La defensa europea todavía será más irrelevante que su posicionamiento económico. Las capacidades militares están disminuyendo de forma drástica, y la salida del Reino Unido, dejará el liderazgo militar a Francia, que siempre ha tenido una visión muy particular de su política de defensa. Con el Brexit, la defensa europea morirá de inanición económica y política, y quedará a merced de los devaneos de Rusia y Estados Unidos.

Los libros de historia del siglo XXII hablarán de Europa como un gran imperio que lideró los cambios tecnológicos y políticos; pero los primeros ya han quedado relegados con el progreso científico de China y Estados Unidos, y los segundos fenecerán cuando los populismos y los nacionalismos sean la única opción para ciudadanos que se negarán a asumir que el mundo del bienestar que conocieron sus abuelos murió con la despoblación, el envejecimiento y la irrelevancia.

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