Crisis institucional

Zapatero es culpable

Emilio Campmany

La profundidad de la crisis institucional que sufrimos es insondable. Están los dos partidos mayoritarios que se niegan a zanjar el nepotismo, el favoritismo y la discrecionalidad con los que reparten prebendas, nombran interinos, adjudican subvenciones y alimentan la clientela que los sostiene en el poder. Tampoco hacen nada por regenerar el sistema. Ni se les pasa por la cabeza, por ejemplo, despolitizar la Justicia. Predican mucho, pero no dan un solo grano de trigo. Están los independentistas, que como nadie les para los pies, no vaya a ser que se separen, resulta que se van a separar de verdad sin que nadie se haya nunca enfrentado a ellos. Está la violencia de la extrema izquierda, émula de la separatista, aplaudida, comprendida, justificada y entendida por quienes, por simpatizar con sus objetivos, no quieren denunciar sus medios. Junto a ellos están la cobardía, los complejos y el acogotamiento de quienes, medrosos, sin compartir ideas ni medios, no se atreven a censurarla por temor a ser tachados de derechas o simplemente de fachas. Está la reforma constitucional, que nadie sabe adónde va, pero a la que se atribuye el poder taumatúrgico de arreglarlo todo, cuando es evidente que no hay acuerdo acerca del sentido que ha de tener, con lo que parece más bien que de lo que se trata es de que una España se la imponga a la otra.

De todo esto tenemos la culpa todos de alguna manera. Aunque, naturalmente, los políticos la tienen en mayor medida. Pero si es posible encontrar a alguien en quien personificarla ése es José Luis Rodríguez Zapatero. Fue él quien lo empezó todo. Fue él quien abrió las fosas de la Guerra Civil. Fue él quien, abusando de la bonanza económica, compró votos con prebendas sociales que agotaron la despensa a la que hoy no podemos acudir para atender a gastos sociales verdaderamente necesarios. Fue él quien se empeñó en dorar la píldora a los separatistas catalanes con un estatuto groseramente inconstitucional. Fue él quien torció la mano al Tribunal Constitucional para acomodar sus decisiones a sus torpes designios. Fue él quien expuso a la desconsideración ciudadana todas las instituciones que tocó con su tontiloca forma de gobernar.

En su descargo y para nuestro oprobio, podemos decir que lo votamos. Y que lo hicimos dos veces. Pero también es cierto que Rubalcaba, de quien hoy se deshacen en elogios en el PP por su supuesta sensatez, le dejó hacer a cambio de seguir estando en la pomada. Que Felipe González, presentado hoy como el hombre de Estado que nunca fue, no denunció las sansiroladas que iba cometiendo atolondradamente el personaje. Que Rajoy no supo derrotarle en 2008 y que no quiere enmendar sus muchos entuertos en 2014. Todo eso es verdad, pero eso no libra al solemne de la responsabilidad que tiene en todo lo que está ocurriendo. No comprendo cómo tiene valor para pasearse por ahí con su sonrisa helada de maniquí de grandes almacenes dándoselas de expresidente.

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