Crisis política

Yo, sigo

Emilio Campmany

Vengo sosteniendo con vehemencia que en España no es posible una publicación de sátira política. Y no lo es porque la gente de la cosa pública está empeñada en hacer las más divertidas gracias y contar los mejores chistes. Piensen, si no, en la imitación que de Zapatero hace el Grupo Risa. Me parto cuando la oigo, pero es que con el original me muero. El presidente ha demostrado sobradamente ser mejor que ninguno de sus imitadores, incluido David Miner. Ya sé que la sonrisa se hiela y la carcajada se trunca cuando luego la patochada oída se ve publicada en el BOE, pero que le quiten a uno lo bailado.

La última del presidente es filtrar a El País que no piensa dimitir. Así que el circunflejo se propone seguir siendo presidente. Muy bien, tanto gusto y muy agradecido por comunicarnos sus augustos propósitos. Como si alguien pudiera dudar de que desea otra cosa. Pero la cuestión no es qué quiere hacer, sino qué debiera hacer y, sobre todo, qué pueden obligarle a hacer y quiénes. Cuando alguien en un puesto importante afirma constantemente su deseo de seguir mandando es seguro que hay alguien empeñado en que deje de hacerlo: Excusatio non petita, accusatio manifesta. ¿Se imaginan a Botín expresando su firme propósito de seguir al frente del Santander? Ese día se hunde el Banco en la bolsa mientras el parqué se inunda de rumores acerca de la crisis que sin duda tiene que azotar a la entidad financiera.

Total, que Zapatero dice lo que Felipito Tacatum, el entrañable concursante que creara Joe Rígoli para la TV de los setenta. A Tacatum, cada semana, se le ofrecía la alternativa de retirarse del concurso con una cuantiosa suma o arriesgarla toda en un nuevo programa bajo el aliciente de poder incrementar sus ganancias aun más. Ante la disyuntiva, Tacatum siempre decía lo mismo, "yo, sigo". Rígoli estaba genial en su papel de concursante lerdo, pero a mí, con perdón de los profesionales, me hace más gracia Zapatero afirmando serio y decidido, con el ceño fruncido y fingido aire de marinero curtido en mil tormentas, que no piensa dimitir.

Bueno, pues ahora, hasta al Rey le ha dado envidia y resulta que él también quiere poner su punto de sal y pimienta. Y no lo ha hecho en cualquier ocasión, sino en Nochebuena, el día en que más españoles le escuchan con la absurda esperanza de oír algo que alimente su maltrecho optimismo. Nos ha dicho Su Majestad: "Al expresar mi agradecimiento quiero, una vez más, asegurar que sigo y seguiré cumpliendo siempre con ilusión mis funciones constitucionales al servicio de España. Es sin duda mi deber, pero es también mi pasión". O sea, lo mismo que Zapatero y Tacatum: "yo, sigo".

Yo no sé quién le escribe los discursos al Rey, pero ya podría dedicarse a la cría del pollito tomatero. ¿Cómo se puede hacerle decir que cumplir sus funciones constitucionales es su pasión? ¿Qué pasa, que ser el Rey de España es como coleccionar sellos o conducir Ferraris? ¿Y qué ocurre si hay otros españoles atraídos por la pasión de desempeñar esas mismas funciones constitucionales? ¿Que se fastidien, que él es el único con derecho a apasionarse?

No sé por qué, pero la caricatura que el Rey ha representado de sí mismo no me ha hecho gracia. Probablemente, sucede que no la tiene.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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