Ya nadie está seguro

Emilio Campmany

España ya no es lo que era. En este país, otrora solar de las más altas torres y castillos, ya no queda piedra sobre piedra. Antes caían reyes, presidentes de Gobierno o de banco, pero había muros que nadie se atrevía a derribar. Siempre se podía contar con un mínimo de puntales imperecederos que sostenían a la nación, vigías que nunca holgaban, constantemente atentos a nuestro bienestar. Pero hoy, si puede caer Juan Luis Cebrián, el monumento del granito más pétreo, es que puede caer cualquiera. Ya nadie está seguro. Para mayor vergüenza nuestra, ha sido un gabacho el que conducía el caterpillar que ha socavado los cimientos patrios. Y corrobora lo bajo que hemos caído el que ninguno de los dos reyes ni el presidente del Gobierno, convenientemente apelados para que acudieran a impedir el desastre, hayan sido capaces de evitarlo.

No hay color ni fragancia de la España actual que no tenga algo del tinte o de la esencia de Cebrián. Sin él, la ETA no habría durado lo que duró, la fragmentación autonómica no estaría tan atomizada como está, los privilegios catalanes y vascos no habrían llegado hasta donde lo han hecho y la corrupción no sería tan común como es. Sin él, seguiríamos obstinadamente perseverando en el error de creer que la Reconquista fue algo bueno para nuestra nación. Porque es de justicia recordar que fue él y no otro quien, con un solo adjetivo, como sólo los grandes escritores son capaces de hacer, derrumbó el absurdo mito, la burda leyenda de la Reconquista llamándola "insidiosa". Y eso bastó. Ahora todos los españoles y españolas, especialmente las españolas, lamentamos no llevar la chilaba y el velo, no vivir bajo el justo orden de la sharía, dirigidos por sabios imanes que nos harían la caridad de ahorrarnos el funesto trabajo de pensar.

Hoy España debería estar de luto, con sus banderas a media asta, los cines y teatros cerrados y las radios y televisiones emitiendo música fúnebre sin parar. Las manos que moldearon cual arcilla lo que hoy nuestra nación es han sido despojadas del sustento con el que seguir trabajando en pos de nuestra dicha. Una nación ignorante como la nuestra necesita intelectos de altura que la dirijan. Pero, para disfrutar de una tal bendición, sus ciudadanos deberíamos impedir que quienes nos regalan sus prudentes indicaciones sean de forma inclemente expulsados de la atalaya desde la que otean el futuro y señalan el camino por el módico estipendio de unos tristes millones de euros anuales. Y es terrible que un franchute furibundo, de apellido impronunciable, más roñoso que el avaro de Molière, nos deje huérfanos de guía por ahorrarse él unas despreciables monedas.

Menos mal que Dios aprieta pero no ahoga, y así, la desagradecida empresa que nos ha afrentado echando a Cebrián anuncia que el inmortal académico seguirá donándonos su impagable doctrina desde El País. No quiera el Cielo que el comprensible enojo que embargará sin duda al gran preboste haga que, con justo desdén, nos castigue y nos prive para siempre de su labia. Es mucho lo que podemos soportar, pero no creo que aguantáramos un castigo de tan estricta severidad.

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