Congreso del PSOE

Viva la democracia... orgánica

Emilio Campmany

El PSOE siempre ha fardado de tener democracia interna ante un PP donde todo se decide por el sistema dactilar. La democracia interna del PSOE no es un dechado de virtudes, pero, como dirían los chicos de The Economist, un poco de democracia es mejor que ninguna. Es curioso, sin embargo, que nadie en el PP reclame disfrutar de algo parecido a lo que tienen en el PSOE. Quizá sea por su escasa calidad y los pésimos resultados que ha dado.

La única vez de relevancia en que el PSOE ha recurrido al sufragio directo fue para que saliera Almunia como candidato a la presidencia del Gobierno, y lo que salió fue Borrell. El aparato, aterrado a la vista de lo que habían escupido las urnas, se apresuró a derrocarlo con la inestimable ayuda de El País para poner a quien los militantes del PSOE querían haber votado, pero no supieron hacerlo, Joaquín Almunia. El resultado de tan rocambolesca historia fue la primera mayoría absoluta del PP.

Tras esa debacle ya no se atrevieron los socialistas nunca más a elegir nuevo secretario general por sufragio directo y recurrieron a la democracia orgánica. Que fueran los delegados de cada federación reunidos en congreso los que decidieran quien sería secretario general. Pero aquello no olió a democracia. En el XXXV Congreso del PSOE flotaron más bien fragancias soviéticas, aromas de Comintern. Viendo que lo que quedaba del felipismo no estaba dispuesto a soportar a un desviacionista como Bono, se pusieron de acuerdo en poner temporalmente al frente del PSOE a un inane del estilo de Malenkov al que se quitarían de encima cuando se hubieran puesto de acuerdo. El inane, sin embargo, como esos Papas elegidos para un corto período de transición, se creyó el cargo que le dieron y lo ocupó durante doce años, de los que siete y medio incluyeron la presidencia del Gobierno gracias a un extraño atentado que a día de hoy sigue sin aclararse.

La incompetencia palmaria del elegido tuvo, sin embargo, para el PSOE una imprevista ventaja, la de poder presentar su muy deficiente democracia orgánica interna como un procedimiento genuinamente democrático. Que lo era, lo demostraba el hecho de haber elegido por medio de él a un don nadie, algo corto de entendederas, que jamás podría haber llegado a tanto si el proceso hubiera estado realmente controlado por el aparato.

El "último" servicio rendido por Zapatero ha sido el de imponer el mismo sistema para elegir a su sucesor. Ahora, sin embargo, las cosas son diferentes. El partido ya no es uno, sino, en el mejor de los casos, dos. Y cada uno tiene a su candidato, la catalana y el del resto. Lo normal es que gane el del resto porque son más, a menos que en ese resto haya tanta gente cabreada con Rubalcaba que decidan elegir a la candidata del partido catalán con tal de no tener que seguir soportando a este fouché de pitiminí. Todo, muy democrático.

Nota del autor: El texto ha sido corregido gracias a la amable indicación de "Espon" que ha detectado un error en él. Gracias.

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