Velas a la diosa de la subvención

Emilio Campmany

En esta España descreída y laicizante sólo hay una diosa a la que todos siguen encomendándose, poniéndole altares, haciéndole ofrendas. Se adora más que nunca a Arbitraria, diosa de la subvención, salida del cuerno de la abundancia a los nueve meses de haber tenido Fortuna una ilegítima relación con Mercurio, dios del comercio. Lo demuestra el caso Abengoa. Esta compañía lleva lustros gozando de los favores de la diosa, mamando del cuerno de su madre Fortuna. Lo ha hecho teniendo en nómina como sacerdotes entregados a su adoración a políticos del PP y del PSOE, además de a algún exjefe de la casa civil del rey emérito, unidos allí para dedicarse al santificador oficio de extraer subvenciones para el señorito Benjumea.

Incluso con una economía saneada, esta compañía costaba a los españoles varios miles de millones de euros. Y ahora resulta que para sobrevivir necesita 1.500 más de inmediato. Cuánto adorador de la diosa de la subvención habrá que casi todos los políticos se han postrado de rodillas a implorar una solución para Abengoa. Cuán extendido estará su culto que muchos españoles se unen a esos votos por una rápida solución que evite la quiebra de la compañía extractiva. Se exige a los bancos negociar y seguir prestando dinero para cubrir lo que las muchas subvenciones recibidas no han podido tapar. El pretexto es el de siempre, los 7.000 puestos de trabajo, incluidos los políticos contratados, que la firma tiene en España. Lo que no dicen en sus plegarias es que esos 1.500 millones sólo bastan para atender a los primeros vencimientos y que lo que en realidad debe Abengoa son 20.000, que sólo podrá devolver si más temprano que tarde es capaz de captar subvenciones por ese montante. Eso son casi tres millones de euros por puesto de trabajo salvado. Cualquier forma de inversión que se le ocurra al más perezoso funcionario del Ministerio de Industria será más rentable en creación de empleo que la salvación de Abengoa por la que rezan nuestros políticos.

Los españoles aplaudimos con devoción digna de mejor dios cualquier subvención que el telediario anuncie. Da igual que sea a la contaminante industria del carbón con la que se forran unos pocos empresarios que se esconden tras sus aguerridos trabajadores, dispuestos a defender las subvenciones a sus empleadores con la mayor de las violencias. No importa que el beneficiado sea el sector del automóvil a través de sucesivos planes PIVE, a la vez que se abandona a tantos otros igualmente merecedores de protección. Lo mismo da que sea el turismo quien caprichosamente se vea cubierto de subvenciones, mientras otras industrias languidecen. En todos los casos, los españoles celebran el buen sentido del político de turno en la absurda creencia de que el beneficio injustificado concedido graciosamente a unos pocos redundará en el de todos. Y, como seguimos poniendo velas a Arbitraria, diosa de la subvención, si Abengoa sobrevive y podemos continuar subvencionándola, lo celebraremos, y si quiebra maldeciremos, por muchos miles de millones que nos ahorremos.

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