Una estelada en la grada

Emilio Campmany

La prohibición de acceder al estadio Vicente Calderón con la estelada el día en que se juegue la final de la Copa del Rey tiene muchísimo mérito. Lo tiene porque, en un país en el que los políticos van a ciento veinte tonterías a la hora, ésta es la más tonta de todas. Los ayuntamientos catalanes izan la estelada con total impunidad. Si es así, ¿por qué no pueden unos ciudadanos libres exhibirla en un partido de fútbol? La Delegación del Gobierno alega la aplicación del artículo 2 de la ley contra la violencia en el deporte. Pero esa ley prohíbe los símbolos que inciten a actos violentos o terroristas o menosprecien a las personas que participan en el espectáculo. Y la estelada no es eso. Si lo fuera, con más motivo habría que prohibir la ikurriña, por mucho que sea la bandera oficial del País Vasco, puesto que es la bandera de la ETA y la que tendría un hipotético País Vasco independiente, amén de que su origen es el de ser el símbolo del PNV cuando era un inequívoco partido racista. Y, sin embargo, hace unos días la embajada española en Estocolmo protestó porque las fuerzas del orden suecas habían actuado contra unos españoles que la exhibieron durante el Festival de Eurovisión.

Las aficiones del Athletic y del Barcelona abuchearon el himno de España y eso sí que supuso un manifiesto desprecio a muchas de las personas que estaban allí, empezando por el Rey de España. Y la ridiculez de las consecuencias, consistentes en unas multas de una cuantía que no da ni para fichar a un defensa cojo de Tercera, puso aún más en evidencia la impunidad con la que actuaron los que abroncaron el símbolo. Puigdemont ha dicho que nos hará la caridad de no asistir al encuentro en protesta por la prohibición. Si tuviera más seso, se presentaría en el estadio enfundado en una camiseta estelada a ver quién es el guapo que le veda la entrada o le obliga a acceder al palco con el torso desnudo.

El Barcelona ha menospreciado al resto de los españoles en incontables ocasiones y apenas ha sufrido ninguna sanción. En Cataluña se impide estudiar en español, se multa a quienes rotulan en español, se margina a quienes no sepan catalán o se nieguen a hablarlo y no pasa nada. En Cataluña, la única ley española que se aplica es la de financiación autonómica. ¿Por qué habría que obligar ahora a los catalanes que viajen a Madrid a animar a su equipo a cumplir una ley tan española como todas las que en Cataluña hace tiempo dejaron de aplicarse? Mucho menos cuando se pretende hacerlo con una interpretación tan forzada. Lo hacen porque creen que de este modo convencerán a los huidos votantes del PP de que el Gobierno se propone finalmente combatir el independentismo con la ley en la mano, cuando la realidad es que nada hicieron, nada hacen y nada harán, si es que siguen gobernando cuando pasen las elecciones.

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