Una arma llamada petróleo

Emilio Campmany

La ejecución de un clérigo chiita en Arabia Saudí el pasado fin de semana ha reavivado el viejo conflicto que enfrenta a esa secta, mayoritaria en Irán, con la suní, a la que pertenecen la mayor parte de los musulmanes, incluida la casa real saudita. Arabia Saudí y buena parte de sus aliados del Golfo han cortado relaciones diplomáticas con Irán después de que una turba prendiera fuego a la embajada saudí en Teherán. Desde Occidente se observa con preocupación el recrudecimiento de la guerra de religión que padece el islam y los Estados Unidos acusan al rey Salman de haber ofendido gratuitamente a los ayatolás. Puede parecer muy natural, pero, antes de que llegara Obama a la Casa Blanca, quién hubiera predicho que, en una crisis que enfrentara a las dos teocracias, Washington se pondría del lado iraní habría sido tachado de demente.

El acuerdo suscrito por Washington con Teherán acerca de su programa nuclear puede tener a orillas del Potomac todo el sentido del mundo. Obama cree que su misión allí no puede ya ser la del policía que protege a los buenos y castiga a los malos. Ya no hay tales, sino sólo unos países enfrentados a otros y la obligación de Washington según Obama es mediar entre ellos como un amigable árbitro. Sin embargo, en Oriente Medio las cosas se ven de diferente modo. Transigir con un viejo enemigo como Irán inquieta muchísimo al viejo amigo que es Arabia Saudí. No debe olvidarse que chiíes y suníes, además de enfrentarse en Irak, Siria y el Líbano, lo hacen también en el Yemen, donde Teherán apoya a la secta rebelde de los huzis, de credo chiita zaidí. Yemen está en la península árabiga y puede considerarse el patio trasero de los saudíes. La artificial postura equidistante que pretende adoptar Obama en este conflicto no puede más que inquietar a los saudíes.

En esta guerra, Riad está incluso dispuesta a recurrir al petróleo. La tremenda bajada de precios que ha experimentado el crudo es consecuencia de que los árabes han mantenido la producción con el fin, entre otros, de privar a Irán de los muchos ingresos que el levantamiento de las sanciones le reportaría de seguir el barril alrededor de los 100 dólares. En venganza, Irán podría tratar de que su enemigo viera igualmente recortados sus ingresos minando, por ejemplo, el Estrecho de Ormuz y cerrar así la salida al petróleo saudí. Lo preocupante es que cualquier medida que haga subir brutalmente los precios podría encontrar el beneplácito de Rusia, muy perjudicada por la bajada y a la que escuchan con atención en Teherán. Teniendo los Estados Unidos garantizado el suministro de crudo gracias al fracking, lo más probable es que Obama hiciera muy poco para evitarlo y tan sólo se ofreciera como mediador. Aunque es evidente que los grandes perjudicados seríamos los europeos, nosotros a lo nuestro, a ver cuándo levantamos las medidas de austeridad. La única esperanza es que, dado que China también saldría perjudicada, a lo mejor sí se preocupa ella de impedirlo.

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