Un socialista de fiar

Emilio Campmany

Admiramos tanto a los alemanes que llegamos a envidiarles. Envidiamos su laboriosidad, su disciplina, sus dotes para el razonamiento abstracto y para la música, sus coches. Hasta les envidiamos sus socialistas; por encima de ningún otro, el gran Helmut Schmidt. Es posible que, como dice su biógrafo, a Schmidt le faltara una empresa a la que consagrarse o que su figura se halle sepultada por la grandeza de Konrad Adenauer, Willy Brandt o Helmut Kohl. Sin embargo, hay dos puntos de su biografía que lo hacen, envidiable no ya como socialista, sino como gobernante. El primero de ellos es su inflexible negativa a negociar con terroristas, da igual que fueran palestinos que miembros de la Fracción del Ejército Rojo. No siempre las cosas salieron tan bien como en 1977, durante el secuestro de un avión de Lufthansa desviado a Mogadisco, donde un comando alemán liberó a los 86 pasajeros y abatió a tres de los cuatro terroristas sin sufrir una baja. En otras ocasiones, los secuestradores asesinaron a la víctima por no querer Schmidt ceder a sus exigencias.

El segundo es todavía más notable. Helmut Schmidt respaldó sin ambages el despliegue en Europa de los misiles de medio alcance Pershing II y Cruise con cabezas nucleares con los que contrarrestar los SS-20 soviéticos. Un dilema típico de la Guerra Fría fue el de si los Estados Unidos estarían dispuestos a desencadenar una guerra nuclear mundial con sus misiles intercontinentales para responder a un ataque soviético limitado a Europa. Con el fin de hacer más creíble ese futuro limitado ataque y disminuir la credibilidad de la respuesta norteamericana, los rusos desplegaron sus misiles de alcance medio, sólo capaces de llegar a objetivos europeos. La única forma de conservar la credibilidad en la respuesta norteamericana era desplegar en Europa misiles equivalentes a los SS-20 rusos. Y eso es lo que hizo Washington con el apoyo inconmensurable de Helmut Schmidt, en medio de masivas manifestaciones pacifistas convocadas por la izquierda europea. Naturalmente, su actitud le costó el cargo. Mientras un canciller socialista hacía eso en Alemania, prestando una contribución crucial a la victoria de la libertad en la Guerra Fría, en España un presidente de Gobierno socialista estaba muy ocupado viendo cómo organizaba el referéndum de la OTAN.

No faltan momentos divertidos en la biografía de Helmut Schmidt. Cuenta Kissinger que, durante una visita oficial a Pekín, en las que era habitual ser invitado a asistir a una interminable ópera china, el canciller, convencido de que no podría evitar ser vencido por el sueño, decidió aflojarse el cinturón y ponerse cómodo en la butaca. El estruendo de los aplausos finales le despertaron y el canciller se apresuró a ponerse de pie para unirse a las palmas. Lo que a continuación ocurrió con los pantalones puede fácilmente imaginarse.

Ha muerto un gran hombre, un gran europeo, que supo serlo por encima de sus ideales cuando las circunstancias lo exigieron. A ver cuándo tenemos un socialista así entre nosotros.

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