El laberinto de Rajoy

Un itálico asesor

Emilio Campmany

Domingo, 13 de enero. En una gran butaca, un hombre, cuya rala barba padecía tanta abundancia de canas como escasez de ellas disfrutaba su teñido cabello, fumaba un habano. Una vez más, no sabía qué hacer. Unos le habían dicho que Gallardón le traería los pocos votos que necesitaba raspar a su izquierda para ganar las elecciones. Otros le habían advertido de que dejar que Alberto formara parte del grupo parlamentario era tanto como dejar la zorra al cuidado del corral.

Aplastó el puro y, sin esperar a que se extinguiera, recostó la cabeza en una oreja del sillón y se durmió.

Se vio entonces en su despacho de la calle Génova. Todo estaba en su sitio, menos la luz, tan mortecina como la de unas velas, pero no se veía ninguna llama. Se abrió la puerta y su secretaria le anunció:

– Ha llegado don Nicolás.
– ¿Don Nicolás?
– Sí, don Nicolás – le contestó la mujer con tono de enojo de ver que su jefe no recordaba la importante visita que esperaba.

Entonces, el hombre fingió recobrar la memoria:

– Sí, por supuesto: don Nicolás. Hágale pasar.

Se levantó, se enfundó la chaqueta y se dirigió a la puerta a recibir al visitante. Éste resultó ser un hombre enjuto, de pelo cortado casi al cero, pómulos sobresalientes y ojos brillantes, que miraban con fijeza.

– Buenas tardes, Mariano.
– Buenas tardes, Nicolás.
– Prefiero que me llames Niccolò.

Mariano no sabía quién era, pero de la familiaridad dedujo que debían de conocerse. No quiso admitir su desmemoria y disimuló con la esperanza de recordar más adelante. El visitante no pareció percatarse:

– Sé porqué me has pedido que venga a verte.

Niccolò hablaba el español con un deje a lo Fabio Capello que a Mariano le resultó familiar. El italiano continuó:

– Siéntate y te diré lo que tienes que hacer.

El barbado obedeció, mientras el otro inició un lento deambular en actitud meditabunda. Tras un corto silencio, sin mirar a su interlocutor, se arrancó:

– Tú crees que tu problema es el de averiguar si debes o no permitir que Gallardón te acompañe en la lista de Madrid.
– Así es – contestó Mariano.
– Pues bien – dijo el otro mirándole ahora a los ojos –, esa no es la cuestión. Tu problema es ver cómo puedes mantenerte al frente del partido si pierdes las elecciones.
– Puedo ganarlas – saltó Mariano como activado por un resorte al apreciar cierto derrotismo en las palabras de Niccolò.
– Si ganas, tus problemas serán los más agradables de tener. Es una hipótesis que ahora no interesa considerar. La cuestión es qué harás si pierdes.
– Si pierdo, me tendré que marchar.
– No necesariamente. Depende de por cuánto pierdas. ¿Tú querrás irte?
– Yo quiero ser presidente del Gobierno.
– Naturalmente. Pero ¿estás dispuesto a pelear por serlo en 2012 si no eres capaz de lograrlo ahora?
– ¡Claro que lo estoy! Pero no creo que pueda.

Niccolò esbozó una sonrisilla pícara y dijo:

– Claro que puedes, pero no será fácil.

Hizo una breve parada en su paseo, se acarició el mentón y, tras ponerse en marcha de nuevo, afirmó:

– Sólo tendrás dos enemigos: Gallardón y Aguirre.
– ¿Y Rato? ¿Y Mayor Oreja?
– Ni Rato, ni Mayor Oreja, ni siquiera Aznar se atreverán a enfrentarse a ti si, desde el primer momento, declaras tu firme voluntad de continuar. Rato y Aznar son demasiado soberbios como para arriesgarse a perder y Mayor Oreja demasiado altruista como para provocar una crisis por exclusiva ambición personal. Te repito: tus únicos enemigos serán Gallardón y Aguirre porque son los únicos que quieren con la necesaria impaciencia lo mismo que tú: ser presidente de gobierno. Capito?
– Lo que tú digas.
– Lo primero que tienes que hacer es decirle a Gallardón que no irá en las listas.
– Se enfadará.
– Que se enfade. Ya se le pasará. Si te has de enfrentar a él, no te conviene que sea diputado.
– Pero trae votos.
– No está tan claro. Lo que seguro traerá serán problemas, tanto si ganas como si pierdes. Gallardón, por ahora, está mejor donde está.
– Bien. ¿Y luego?
– Luego pueden pasar dos cosas. Si ganas, no hay problema. Si pierdes, tanto Gallardón como Aguirre querrán sucederte. Tendrás que impedirlo.
– Haré lo que pueda.
– No. Harás lo que yo te diga. No te enfrentes a los dos a la vez. Perderías. Sólo hay una cosa en la que están de acuerdo esos dos: en que, si pierdes, te tienes que ir. Hay que evitar que los dos se junten para echarte.
– ¿Y cómo lo hago?
– Alíate con uno contra el otro. Y una vez que te hayas cargado al primero, te deshaces del segundo.
– ¿Me estás proponiendo que después de las elecciones, si pierdo, me alíe con Esperanza para cargarme a Gallardón y que luego me enfrente yo solo a la "lideresa"?
– Ni hablar. No tienes nada que hacer contra Esperanza yendo solo. El orden a seguir es el contrario. Tienes que aliarte con Gallardón, que es el más débil, para derrotar a Esperanza, que es la más fuerte.
– No estoy de acuerdo. Gallardón es más fuerte que Esperanza: tiene a Prisa de su parte y en las encuestas sale más valorado.
– Eso es así fuera del partido. Dentro, la más fuerte es Esperanza y esta guerra se librará en el seno del partido. El plan es el siguiente: estimulas la ambición de Esperanza para que se presente como candidata a la presidencia del partido y te alías con Gallardón para derrotarla.
– ¿Y por qué iba Gallardón a querer aliarse conmigo si lo que él ambiciona es mi cargo y no ser mi número dos?
– Lo querrá cuando le ofrezcas el modo de conseguir lo que no tiene: apoyos dentro del partido. Pídele que sea tu secretario general o cualquier otro cargo orgánico importante a cambio de que te ayude a vencer a Esperanza. Aceptará porque eso le permitirá ir colocando a su gente en los puestos clave. Mientras tanto, acuerda con él los nombres de las personas que tienes que ir nombrando para que sienta como su fuerza va aumentando. Creerá que, con el tiempo, amortizada Esperaza, podrá desembarazarse de ti antes de 2012.
– Si le doy tanta fuerza puede que llegue a estar en condiciones de hacerlo.
– No si obras con inteligencia.
– Explícate.
– Una vez que Aguirre esté fuera de juego, deberás ocuparte de privar a Gallardón de su mayor activo, el supuesto respaldo electoral extra que tiene en comparación con cualquier otro líder de la derecha, incluido tú.
– ¿Y cómo hago eso?
– Muy fácil. Lo presentas como cabeza de lista a las elecciones europeas. Se dará el batacazo de su vida. Parte de la izquierda lo votará, pero las bases del PP, que lo aborrecen, no perderán la oportunidad de mostrarle su rechazo en una ocasión en la que la derrota sale casi gratis.
– No querrá ir.
– No podrá negarse. Será la oportunidad de, en unas elecciones nacionales, demostrar sus poderes. Si alimentas con sabiduría su soberbia, si sabes adularle lo suficiente, aceptará. Aceptará y se estrellará.
– ¿Y si gana?
– Si gana, podrás ir preparando las maletas. No habrás perdido nada que no hayas perdido ya. Pero no hay peligro, perderá, y en junio de 2009 ya no habrá otro candidato posible que tú.
– El plan parece bueno, pero se me ocurren mil circunstancias que pueden hacerlo fracasar.
– Además de las mil que se te ocurren, hay otras mil más, pero, créeme, es tu única posibilidad de llegar vivo a 2012.
– Quizá te haga caso.
– Naturalmente que me harás caso. Ahora, tengo que marcharme.

El rostro de Niccolò pareció más afilado que nunca. Tendió la mano. Mariano se la estrechó. Luego, sin decir nada, desapareció.

– ¡Mariano, Mariano!

Era Elvira, que lo despertó agitándole el brazo.

– ¿Sí? – preguntó al abrir los ojos sobresaltado.
– ¿Estabas soñando? Parecía una pesadilla.
– No era una pesadilla.

Elvira habría jurado que sí.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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