Un instante en Lituania

Emilio Campmany

En Anatomía de un instante, Javier Cercas puso en valor el coraje personal de Adolfo Suárez cuando, durante el asalto de Tejero al Congreso de los Diputados, mientras los guardias civiles disparaban con sus subfusiles al techo, permaneció impasible sentado en su escaño. El resto, con las notables excepciones del general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, se tiraron al suelo para prevenir en lo posible ser heridos. El primero era militar y ostentaba una graduación superior a la de quien mandaba el grupo. El segundo había hecho la guerra. Pero Suárez no reunía ninguna de esas dos cualidades. ¿Habría Suárez permanecido igualmente impasible de no haber sido el presidente del Gobierno? Es imposible saberlo. En cualquier caso, en aquel instante terrible se comportó con la dignidad que cabe esperar de cualquier español que ocupe tan alta magistratura.

Pedro Sánchez vivió en Lituania, en la base militar de Siauliai, una situación parecida, aunque de menos riesgo, cuando en plena rueda de prensa y mientras hablaba el presidente de Lituania se disparó una alerta por la presencia de aviones no identificados en el espacio aéreo de la base. Gitanas Nauseda se dio cuenta de que algo ocurría, pero continuó hablando conservando la compostura. El español, en cambio, aterrado por lo que podría estar sucediendo, le interrumpió en su impecable inglés: "President, president"y sin decir una palabra más, salió echando virutas o más propiamente, como diría el castizo, cagando melodías. El presidente lituano, advertido del peligro, ha abandonado el lugar con paso sereno y gesto tranquilo. El nuestro no ha tenido cuajo para esperarle y salir tras él hacia donde éste le indicara, como le correspondía por ser el invitado.

Todo el mundo tiene derecho a ser cobarde. Pero cuando se está representando a toda una nación, como lo estaba Suárez el 23 de febrero de 1981, el derecho desaparece y uno debe saber comportarse, si no con arrojo, al menos con dignidad. Por otra parte, a diferencia de Suárez, en el caso de Sánchez, el riesgo de resultar herido era bastante remoto, como no sea que nuestro presidente esté convencido de que, dada la indiscutible relevancia internacional de su persona, Putin ha decidido acabar con su vida para infligir a Occidente la herida mortal que significaría su pérdida.

Así que el pomposo, vanidoso, campanudo, ostentoso y soberbio que se las da de ser sucesor de quienes hicieron la Transición para justificar sus cesiones a quienes quieren acabar con nuestra convivencia no ha heredado ni una brizna de la cuarta parte del coraje que tenía su antecesor. Y resulta que toda esa espuria majestad, disfrazada de postiza suntuosidad, y esas arrogantes maneras de fingido jefe de Estado que creíamos tramoya sin otro objeto que esconder la ignorancia de un cateto que se cree perillán resulta que también tapa a quien no es más que un vulgar cobarde.

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