Un gigante con pies de barro

Emilio Campmany

La forma más lógica de evitar una nueva convocatoria a las urnas es que se forme un Gobierno respaldado a la vez por PP, PSOE y Ciudadanos. Sin embargo, esta solución tiene el grave inconveniente de que dejaría a Podemos el monopolio de la oposición, constituyéndose entonces en la única alternativa al Gobierno. El ejercicio del poder desgastaría por igual a lo que podríamos llamar los tres partidos sensatos, y el elector al que no le gustara lo que hicieran, que serían muchos, pues hay todavía mucha medida impopular que tomar, sólo tendría la coleta de Pablo Iglesias a la que agarrarse. Por eso quizá fuera mejor que –dado que los magros resultados de Ciudadanos le impiden completar ninguna mayoría– la coalición de gobierno sólo la conformaran PP y PSOE. Pero ninguno de los dos querrá dejar a Ciudadanos fuera del acuerdo ejerciendo la oposición y rebañando votos a los dos, ni Rivera está en disposición de ponerse farruco y excluirse del acuerdo, porque es con diferencia al que más le conviene que no haya nuevas elecciones.

De modo que, si no hay nueva convocatoria, será Podemos quien ejerza en solitario la oposición. Esto agigantará a Pablo Iglesias, que podría ser algo parecido a lo que fue Felipe González tras la celebración de las elecciones de 1977, la única alternativa. Y, sin embargo, podría no ser así. No tanto porque el González de aquella época no se pareciera al Pablo Iglesias de ahora, que no se parecen mucho, aunque el PSOE de entonces hablaba de salirse de la OTAN y nacionalizar la banca. Sino porque Podemos no tiene la coherencia interna que tenían los socialistas, aunque éstos tampoco tuvieran mucha. Hoy el partido de Pablo Iglesias está constituido por una mezcolanza de extrema izquierda que es independentista en Cataluña, País Vasco, Valencia y Galicia y neocomunista en el resto. Semejante alianza no puede durar. Más pronto que tarde llegará un momento en el que se haga evidente que las muchas promesas de contenido económico hechas a sus votantes del centro y del sur no van a poder de ningún modo ser satisfechas si la perifería rica se independiza. El divorcio no tiene por qué tardar si, cuando proponga cualquier cosa relacionada con la futura independencia de Cataluña, Esquerra Republicana es secundada por los cuatro grupos parlamentarios independentistas de Podemos y a la vez rebatida por el de Pablo Iglesias donde se agrupen los podemitas de los territorios no nacionalistas.

Si tal cosa sucede, y es muy probable que ocurra, será evidente que el único mérito de Pablo Iglesias habrá sido el de ofrecer a la extrema izquierda independentista allí donde la hay una plataforma desde la que superar los límites de crecimiento impuestos por la ley electoral, además de un notable suplemento de votos de electores que se limitan a ser muy de izquierdas pero que no son independentistas, por mucho que vivan en territorios donde el nacionalismo florece. De semejante gazpacho es imposible que salga una alternativa coherente a nada. Al menos, eso espero.

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