Rubalcaba

Un gafe en Moncloa

Emilio Campmany

En España, a pesar de ser bastante supersticiosos, no sabemos una palabra de jettatura. Por no saber, ni siquiera tenemos una palabra para denominarla. Sí nos proporciona el diccionario un modo de llamar al jettatore, el gafe, pero no existe "gafancia" ni ninguna otra palabra con la que referirse al mal que el gafe atrae. Los traductores del italiano traducen jettatura como "mal de ojo", pero son cosas muy distintas. El mal de ojo es voluntario. Lleva la desgracia a quien es objeto de un maleficio o un aojo. En cambio, la jettatura atrae el mal de manera involuntaria. Esto es lo que hace el gafe, que sin querer porta la desgracia a quienes le rodean.

Identificar a un gafe es esencial para poder defenderse de sus maléficos e involuntarios efectos. Una vez detectado, hay mil conjuros con los que protegerse, pero para poder emplearlos, lo primero es calar al jettatore. Para poder hacerlo, hay que saber que una de las características esenciales del gafe es que, no obstante acarrear el infortunio a quienes se le acercan, él suele disfrutar de una suerte pasmosa. Es muy frecuente que los gafes sobrevivan a los accidentes más terribles mientras sus demás compañeros de viaje perecen de forma inmisericorde, del mismo modo que se les puede ver en las mesas de juego desafiar a su favor todas las leyes estadísticas a la vez que sus compañeros de mesa entregan sus peculios al crupier.

En 1993, Alfredo Pérez Rubalcaba fue llamado por Felipe González para que salvara a su Gobierno. El zorro de Solares acudió presto a la solicitud y se esforzó cuanto pudo por rescatar al felipismo del jardín del GAL. Pero Felipe y el felipismo se hundieron. A pesar de sus denodados esfuerzos, Rubalcaba no pudo evitar que los escándalos se sucedieran. En 1996, el González de los 202 escaños de 1982 perdió las elecciones frente a un señor bajo con bigote. El químico fracasó. Todo el felipismo se retiró. Ni siquiera Almunia sobrevivió, barrido por la mayoría absoluta de 2000. ¿Todo? Todo no. El único que sobrevivió al tsunami fue ¡qué casualidad! Alfredo Pérez Rubalcaba.

Cuando, tras esas elecciones de 2000, se produjo finalmente el cambio generacional, nuestro hombre se acercó lógicamente a quien tenía más probabilidades de ganar, José Bono. Su apuesta parecía ser segura. El manchego no tenía rivales. Pues bien, contra todo pronóstico, venció un desconocido José Luis Rodríguez Zapatero de sonrisa hierática y mirada vacía. Así que perdió quien parecía imposible que perdiera. Sólo la presencia de un poderosísimo gafe entre sus filas puede explicar tan inexplicable derrota.

Todos quienes apoyaron a Bono sufrieron el destierro que el vencedor suele imponer a los vencidos. ¿Todos? Todos no. Se salvó, como siempre, Rubalcaba, quien, después de ser portavoz del Grupo Socialista en el Congreso con Zapatero, ha terminado por ser el hombre más poderoso de España.

No me cabe duda de que Rubalcaba tiene todavía mucha correa y dará abundante juego y que todavía lo veremos ocupar un puesto relevante en el poszapaterismo. Pero ahora que Zapatero ha puesto su futuro político en sus manos, que se prepare. Como no se haga con abundantes amuletos y haga constantemente los cuernos con la mano, ya se puede ir preparando a sufrir la misma suerte de todos aquellos que han gozado de la protección y consejo de Rubalcaba, el fin de su carrera política.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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