Felipe VI

Un discurso digno de un rey

Emilio Campmany

Nuestro nuevo rey ha pronunciado un gran discurso, un discurso enorme. Es probable que a un extranjero que lo lea en los medios internacionales le parezca que no hay en él nada de notable. Qué cosa tan normal, pensará, que el nuevo rey de España, reconociendo la diversidad, apele a la unidad de la patria. Qué puede haber de nuevo, se dirá, en que haya incluido un recuerdo a las víctimas del terrorismo y en señalar que es la respuesta del Estado de Derecho el mejor reconocimiento que puede hacerse a su sacrificio. Cómo puede sorprender, creerá, que se comprometa a respetar la independencia del Poder Judicial. Y tantas y tantas otras cosas que el discurso contiene y que a un alejado observador de nuestros asuntos pueden parecer tan naturales.

Y, sin embargo, no hay nada de natural ni de normal en todas esas menciones. Al contrario, constituye un acto de supremo coraje hablar de la unidad de la patria como lo ha hecho en un país donde la diversidad sirve de pretexto para quebrar la nación, renegar de la solidaridad y escupir en la bandera, el himno, la figura del propio rey o cualquier otro de los símbolos que nos representan a todos. Es una demostración de valeroso arrojo recordar que las víctimas del terrorismo merecen, en pago a sus sufrimientos y renuncias, que el Estado de Derecho se respete y los terroristas estén en la cárcel y no tomando chatos en los bares de su pueblo yendo de homenaje en homenaje. Y hay sin duda un alto grado de bravura en comprometerse con vehemencia a respetar la independencia del Poder Judicial cuando casi nadie en las altas instituciones lo hace.

Que el rey haya dicho todas estas cosas nos proporciona la esperanza de que quizá al frente del Estado haya a partir de hoy alguien que no está dispuesto bajo ningún concepto a ser cómplice de la corrupción de la clase política. Que no quiere que en su nombre se tuerza la mano de ningún juez y dar ejemplo, a ver si así dejan de hacerlo los demás. Que desea sacar de la habitación a oscuras donde los políticos las han encerrado a las víctimas del terrorismo. Que se niega a colaborar en pasteleos y componendas con quienes comparten con los asesinos su objetivo de destruir España.

Deseo con fervor que nuestro rey se gane ser digno del magnífico discurso que ha pronunciado. Pero, aunque lo sea, y Dios quiera que sea así, no será suficiente. Necesita para tener éxito a los españoles, al menos a los que queremos seguir siéndolo. Deberemos entonces demostrar que también nosotros somos dignos de él. Porque el futuro no está escrito y no está en las manos de los políticos. Está en las nuestras y creo que, desde hoy, contamos con un gran aliado para lograr lo que sea mejor para España.

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