Un cateto en la corte del rey Felipe

Emilio Campmany

El vídeo que muestra al doctor Sánchez y a su esposa quedándose al lado de los Reyes para compartir con ellos el besamanos evidencia la tosquedad de quien nos gobierna. Como asinus in cathedra que es, cree saber tanto como ignora y, teniéndose en tan alta estima, se ha colocado junto a los Reyes para que los invitados le hicieran la reverencia y besaran la pálida mano de su esposa, como si virreyes fueran. La presidenta del Congreso, que era quien le seguía conforme al protocolo, no se ha atrevido a negarles el saludo, pero lo ha hecho con gesto mezcla de guasa y sorpresa, que ya debió de servirles de aviso de que algo estaban haciendo mal.

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Cuenta Tony Blair en sus memorias la infinidad de instrucciones que recibió cuando fue a visitar a la Reina para que le encargara formar Gobierno tras haber ganado las elecciones. El ex primer ministro lo cuenta con mezcla de sorna y admiración. Por un lado, le pareció algo impropio de estos tiempos y, por otro, sintió el comprensible orgullo de ser ciudadano de una nación donde las tradiciones importan. Aquí es diferente. Nuestra Monarquía apenas está sometida a protocolo. Pablo Iglesias visita al Rey vestido como si fuera de acampada con sus colegas. Y en cambio en la gala de los Goya se enfunda un esmoquin alquilado que le queda como la seda a la mona. Y nadie dice nada. Casi cualquier cosa está tolerada, desde hablarle de tú al Rey hasta soltar algún taco en su presencia, y son muchos los que le estrechan la mano como si saludaran al simpático maitre de un restaurante de moda.

Ahora, el desparpajo no puede llegar a que un invitado se crea, como el cafre de nuestro presidente, que es coanfitrión en una recepción de los Reyes. Y no deja de ser chocante que su expertísima consorte, disputada por las grandes empresas y los más notables headhunters, asombro de eficacia gestora y un regalo para cualquier ONG que consiga ficharla, no se haya dado cuenta de que estaban metiendo la pata hasta el corvejón.

No menos reveladora es la mirada centelleante de odio que el iletrado doctor le ha dedicado al probo funcionario que se ha apresurado a advertirles de que no podían quedarse allí porque quienes recibían eran los Reyes y no ellos. Tanto rencor y tanto encono dedicado a quien les ha salvado de prolongar el ridículo en vez de agradecer la cortesía con una sonrisa de disculpa completa el cuadro del personaje: necio, zafio, vulgar y rencoroso. Además de indocto, que nunca mejor dicho. Al menos nos cabe el consuelo de saber que no somos nosotros quienes lo hemos elegido, como nos pasó con Zapatero, otro que tal baila, sino que su desgraciada ascensión es obra de quienes quieren destruir España. No podían haber elegido mejor.

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