Turquía, en manos de Putin

Emilio Campmany

Desde los tiempos de Pedro el Grande, los rusos han querido reconquistar Constantinopla y devolverle su condición de capital del cristianismo ortodoxo. Este afán dio lugar a varias guerras ruso-turcas. Ni siquiera el ateísmo de los bolcheviques hizo que cejaran en el empeño. El asesinato del embajador ruso en Ankara podría ser interpretado como un episodio más en esta rivalidad secular, algo que añadir a una larga lista de incidentes en la que el último fue el derribo de un SU-24 ruso por F-16 turcos en noviembre de 2015. Sin embargo, han cambiado muchas cosas desde entonces.

Es sabido que Turquía y Rusia apoyan a bandos rivales en la guerra de Siria. Pero desde que, en otoño de 2015, Obama comenzó a desentenderse, Turquía perdió toda posibilidad de imponer su punto de vista allí. Por si fuera poco ultraje verse abandonada por su aliado, Washington se negó a extraditar a Fethullah Gülen, el islamista supuesto inspirador del intento de golpe de Estado de este verano, que causó varios centenares de muertos.

Tras la caída de Alepo, Erdogan está obligado a limitar sus objetivos. En estas condiciones, su principal preocupación es impedir que los kurdos puedan gozar de cierta independencia, legal o de facto, en territorio sirio. Los norteamericanos se han mostrado siempre poco dispuestos a ayudar en este asunto por lo inestimable de la ayuda de los peshmerga kurdos en la lucha contra el ISIS. En cambio, Putin no los necesita. De ahí que no haya puesto inconvenientes a que Erdogan persiga a los combatientes kurdos al otro lado de la frontera turco-siria.

El que el asesino fuera un policía supone además para Erdogan la demostración palpable de que, a pesar de la purga a la que han sido sometidas las fuerzas del orden, todavía quedan elementos leales a Gülen en ellas. Es la excusa ideal para ampliar la persecución. En cuanto a Moscú, Putin ordenará su propia investigación. Si de ella resulta alguna responsabilidad, por acción u omisión, del Gobierno turco, las consecuencias serán terribles. Pero si, como es más probable, el presidente ruso da por buenas las conclusiones a las que normalmente llegará la Policía turca, que acusará a Gülen como inspirador del crimen, cabe la posibilidad de que quien pida la extradición del islamista sea Moscú. Y es razonable esperar que Donald Trump la conceda. Y Erdogan tendría otro favor que agradecerle a Putin.

Si Turquía cayera bajo la influencia rusa, con las bendiciones de la Casa Blanca, sería un desastre para Europa. Baste pensar que habría que abandonar la idea de liberarse de la dependencia energética de Rusia por medio de un gasoducto que, procedente de Oriente Medio y el Cáucaso, atravesara Turquía en dirección al centro de Europa evitando el territorio ruso. Quizá lo único que nos quepa sea seguir a Marie Le Pen y François Fillon, futuros adversarios de las presidenciales francesas, que sin embargo están de acuerdo en querer estrechar lazos con Putin. A esto nos conduce tantos años de desinterés por nuestros intereses estratégicos.

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