Totalitarios de pitiminí

Emilio Campmany

Ya sabemos que los que realmente aspiran a imponer un régimen totalitario son los de Podemos y que cuentan para hacerlo con la financiación de dos potencias extranjeras que han impuesto regímenes de esta clase a sus respectivos pueblos. Pero los demás también tienen lo suyo. Pedro Sánchez, en su discurso de investidura, cantó a la igualdad y se olvidó de la libertad. Y no hay que olvidar que la igualdad es el pretexto con el que se impone el comunismo.

Y luego están los totalitarios de cuarto de estar, los ingenieros sociales de sobremesa, los dictadorzuelos a media jornada. A uno de ellos, Javier Maroto, se le ha ocurrido que es necesario obligar a los españoles a cambiar sus horarios. ¿Y por qué? Porque a él se le ha puesto en la punta de la nariz que hay que cambiarlos. Ya decía Togliatti (o quizá fuera Berlinguer) que adoraba España, pero que no soportaba que aquí se cenara a las diez y media. Y a pesar de ser comunista, que es la forma más aviesa de ser totalitario, jamás se le ocurrió que alguien nos obligara a cenar antes.

Como el PP no tiene problemas, el país está de dulce, aquí va todo sobre ruedas y Maroto no tiene de qué preocuparse, es normal que sea el horario de los españoles lo que le quite el sueño. Naturalmente, para cambiarlo, lo primero en lo que ha pensado es en obligar a las televisiones a que el telediario empiece a las once, para que el prime time acabe a esa hora. Maroto no ha caído en que no son los horarios televisivos los que hacen que los españoles cenen tarde y se vayan tarde a la cama, sino que son las costumbres españoles de cenar tarde e irse tarde a la cama las que hacen que el prime time se retrase. Porque da la casualidad de que a los españoles nos gusta, ya tiene guasa, cenar e irnos a la cama tarde.

Un tal José Luis Casero, a quien Dios confunda, presidente de un chollo que se llama Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios en España, ha declarado: "Si fuera presidente del Gobierno, lo primero que haría es ajustar el horario [de la televisión]. No es de recibo que los programas terminen de madrugada". Creerán ustedes que un presidente del Gobierno no puede hacer tal cosa, al menos con las cadenas privadas. Y sin embargo puede, claro que puede, a base naturalmente de la sacrosanta subvención. Podría por ejemplo acordar una desgravación en el impuesto de sociedades del cinco por ciento en favor de las cadenas que programen pestiños a partir de las once de la noche. Con que nos endilguen a esa hora media docena de entrevistas a Zapatero y otras tantas a Rajoy a cambio de un suculento descuento fiscal, se arreglaba el problema. El caso es no dejarnos hacer lo que nos dé la gana. Cada vez más. Malos tiempos para la libertad.

A continuación