Justicia

Torres-Dulce, hombre solo

Emilio Campmany

El fiscal general del Estado, Eduardo Torres-Dulce, es hoy entre los columnistas carne de metáfora cinematográfica. Recurrir al cine en busca de un título o una imagen es muy socorrido porque, aunque no todos leamos libros, vayamos al teatro o conozcamos la mitología clásica, lo que sí hacemos es ver películas. Por eso lo fácil hoy es, partiendo de la conocida afición del fiscal al western, contemplar a Torres-Dulce como al animoso abogado que encarnó James Stewart cuando se enfrentó a Liberty Valance o como al sobrio Gary Cooper cuando esperaba la llegada del forajido Miller. La semejanza no es tanta. Stewart, a pesar de ser un hombre de leyes, acaba siendo senador por matar, no por lograr que condenen, a un salteador de caminos. El que la bala no saliera en realidad del revólver que empuñaba el abogaducho sino del rifle de John Wayne no quita para que fuera acabar con la vida de un hombre lo que convirtió a un picapleitos en congresista. Y Gary Cooper no espera detener a Miller con códigos o querellas sino con un Colt.

En lo que sí se parecen esos dos personajes al nuestro es en su soledad. En el caso de Torres-Dulce, es patente el abandono del que está siendo objeto por parte de un Gobierno que acochinado se esconde encogido entre los pliegues de su toga después de haber estado haciéndolo detrás de las de los magistrados del Constitucional. De forma que ahora va a resultar que si la querella finalmente se pone y provoca algún altercado la culpa será de Torres-Dulce. No hay derecho. La responsabilidad de lo que está ocurriendo y de lo que ocurra en el futuro es de Rajoy, no tanto por lo que ha hecho como por lo que no hace. Cuando un ciudadano comete un delito, la Administración no pide un dictamen al Consejo de Estado ni consulta al Constitucional ni pide luego a la Fiscalía que interponga una querella. Lo que hace es detener al delincuente y ponerlo a disposición judicial. ¿Por qué con Mas y sus consejeros ha de ser diferente?

Quizá Torres-Dulce se haya alguna vez permitido recibir algún consejo del Gobierno que lo nombró. No sé. Si lo hizo, ya habrá tenido ocasión de comprobar que ese pecado lleva consigo la penitencia. En cualquier caso, hoy que ha sido abandonado por ese Gobierno, debería ser consciente de que el premio que puede esperarle, un puesto en el Supremo o el Constitucional, por superar cuando la tenga la tentación de dimitir, es en realidad un baldón ya que todos sabemos que sólo los muy sumisos llegan hasta allí. En cambio, padecer en el futuro el desdén de los políticos cuando haya que nombrar altos cargos en Justicia por haber dimitido y puesto en evidencia sus mezquindades es prueba de señorío y dignidad. El sheriff Cooper se enfrenta a Miller porque es su deber. Y lo hace aun a riesgo de perder el amor de Grace Kelly.

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