Toda ciudad tiene su cloaca

Emilio Campmany

James Comey, director del FBI, ha irrumpido en la campaña electoral norteamericana anunciando que han aparecido en el servidor del exmarido de la mano derecha de Hillary Clinton algunos de los emails que la candidata destruyó. Lo hace cumpliendo el compromiso que había adquirido de informar al Congreso sobre cualquier novedad que surgiera en el caso después de haber dicho que, con las pruebas existentes, no había en él nada punible. La cuestión no es si ahora el FBI está o no en condiciones de probar que la candidata utilizó su servidor privado para tratar información sensible. La cuestión es qué pretende Comey.

En España nos escandalizamos de cómo el establishment de Washington interfiere en las elecciones estadounidenses. Sin embargo, aquí se hizo algo parecido con Esperanza Aguirre cuando se filtró, unos días antes de las municipales, su declaración de Hacienda. Todavía estamos esperando a que la Agencia Tributaria revele el resultado de la investigación que abrió para averiguar quién la filtró para quitarle los votos que la habrían hecho alcaldesa y permitir que hoy gocemos del buen gobierno de Carmena.

Parece que Comey no pretende tanto influir en el electorado como ser Hoover de mayor y convertir su cargo de director del FBI en vitalicio. Este sujeto, a pesar de ser republicano de toda la vida, se ganó una reputación de rojillo cuando, con ocasión de ostentar en la Administración Bush el cargo de segundo del fiscal general, se opuso a la supervisión electrónica de la NSA en la lucha antiterrorista. Esta conducta la tacharíamos aquí de gallardoneo. Naturalmente, el Tribunal Supremo le quitó la razón y consideró ajustado a la Constitución de los Estados Unidos el sistema, pues exigía la autorización judicial previa a cualquier examen humano una vez que la comunicación electrónica hubiera sido detectada como relevante por las máquinas.

Naturalmente, su comportamiento le valió el reconocimiento de la izquierda y Obama lo hizo director del FBI. Comey devolvió el favor declarando que no había nada penalmente punible en el "extremadamente descuidado tratamiento" que Hillary Clinton dio a sus correos electrónicos cuando fue secretaria de Estado. Ahora dice que se han descubierto nuevos emails, pero que, como todavía no ha habido tiempo de examinarlos, no está en condiciones de afirmar si encontrará o no en ellos alguna prueba de la comisión de un delito.

Comey no espera que su acción sea decisiva. Lo que está haciendo es aconsejar a la futura presidenta acerca de lo mucho que le conviene que él siga siendo director del FBI. Pero, en el improbable caso de que ganara Trump, nadie dudaría de la mucha influencia que habría tenido en ello la carta enviada por Comey al Congreso. Y el hábil abogado de origen irlandés espera que en tal caso el deslenguado empresario sepa devolver el favor manteniéndolo al frente de la agencia. A fin de cuentas, no dejan de ser los dos republicanos. Y aquí nos quejamos de Villarejo.

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