Memoria histórica

¿Somos franquistas?

Emilio Campmany

La Ley de Memoria Histórica tiene como objeto resarcir, en la medida en que hoy sea posible, a las víctimas del franquismo. Pero, además, es un instrumento con el que la izquierda pretende sacarle los colores a la derecha. Se trata de que su renuencia a apoyarla pruebe que, de algún modo, sigue siendo franquista. Algunos personajes destacados de la derecha española contribuyen a hacer verosímil el equívoco. Son los que, cuando se habla de franquismo, se colocan a la defensiva como si tuvieran la obligación de elegir entre renegar del régimen o mostrarse identificados con él.

De esta forma, la izquierda ha conseguido que la opinión pública perciba que un sector de la derecha está infectada de franquismo, lo que a su vez la deslegitima como opción de Gobierno ante al electorado más voluble. Esta operación de intoxicación ha sido posible porque la izquierda ha impuesto una premisa falsa: que el régimen de Franco fue el fruto de un golpe de Estado contra un régimen democrático legítimo y que todos, derecha e izquierda, deberían repudiar a aquél y sentirse cómplices de éste como buenos demócratas. Como la derecha no lo hace, resulta sospechosa.

Sin embargo, nadie entre los políticos del PP y sus votantes siente el más mínimo deseo de implantar en España nada parecido a lo que fue el franquismo. ¿Entonces? ¿Por qué ese rechazo a condenarlo? ¿No será que la gente de derechas, se siente, después de todo, franquista? Nada de eso. A lo que se resiste la derecha no es a renegar del franquismo, sino a reconocer a la Segunda República, que el franquismo derrotó, como la democracia que no fue.

En la Guerra Civil se enfrentaron dos regímenes antidemocráticos por igual. Ganara quien ganara, España no sería una democracia. Algunos españoles, los de derechas, creen que, puestos a tener que elegir entre dos males, fue una suerte que la guerra la ganara Franco, ya que así nos ahorramos ser un país comunista, un satélite de Stalin. Otros, los de izquierda, creen que fue una pena que no triunfase la República, pues el comunismo habría sido preferible al franquismo.

Por esta razón, la derecha se resiste a unirse a la izquierda en la condena del franquismo. Porque lo que la izquierda pretende de ella no es tanto esa condena como que lamente la derrota de aquella república que tenía tan poco de democrático como el régimen de Franco. Y ahí está la cosa, que no lo lamenta.

Así que el problema no estriba en que la derecha sea franquista, que no lo es. El problema es que la izquierda no sólo llora que aquel régimen comunista perdiera la Guerra Civil, sino que pretende que quien no lo llore con ella no tenga credencial demócrata. Y las cosas no son así. Si ellos pueden ser demócratas a la vez que lamentan la derrota de un régimen estalinista, los que lo celebramos también podemos serlo.

El que la dictadura que fuimos honrara a Franco, a Yagüe o a Mola no justifica que la democracia que hoy somos rinda honores a Largo Caballero, Indalecio Prieto o Negrín. O todos o ninguno. Mejor, ninguno. La izquierda pretende que haya altares sólo para los suyos. Y que los demás, encima, aplaudamos. Conmigo que no cuenten.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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