Sindicatos

Señoritos reaccionarios

Emilio Campmany

Los "cocos", uno de los sindicatos que habían convocado la manifestación del sábado, prepararon para los asistentes una diversión de feria. La atracción estaba sin duda inspirada en los chistes de Forges, pues recordaba a aquellas viñetas en las que el genial humorista dibujaba a un paisano en la calle vendiendo "atícele a su jefe por un duro". A su lado se dibujaba una cola de gente muy diversa dispuesta a arrearle por tan módico precio a un dominguillo que representaba el que podría haber sido el jefe de cualquiera. Los "cocos", sin tanta gracia, montaron en Neptuno un "stand" con los retratos de Zapatero, Díaz Ferrán y Rajoy y exigían a los manifestantes: "Compañero, compañera, échale huevos y rompe con la crisis". Y naturalmente los compañeros y compañeras disfrutaron echándole huevos a las efigies de los tres desgraciados.

Fue lo mejor de la manifestación. Y también lo más falso. Aquello no fue el grito de unos trabajadores contra la crisis, que habría sido como protestar por el clima. El objeto fue otro. Ignacio Fernández Toxo lo explicó muy bien: "No hay atajos a la creación de empleos a través de la precarización del trabajo. Si es así, éste es el atajo para llegar a un conflicto social de otra naturaleza a la que nos ha traído hoy aquí". Dicho en román paladino, los sindicatos no aceptan que se abarate el despido para estimular la contratación. Al parecer, ni siquiera consienten que pueda hacerse para los nuevos contratados, por miedo a que la medida termine afectando a los que ya lo están, habitantes de ese olimpo de las indemnizaciones de 45 días por año trabajado.

Así pues, la manifestación del sábado fue la de los trabajadores que tienen trabajo indefinido y disponen de un blindaje legal contra el despido consistente en una gravosa indemnización que el empresario ha de pagar si decide prescindir de ellos. Se manifiestan para amenazar a quien ose tocarles ese derecho. Conservadurismo, cuando no pura reacción, es lo que destiló aquella manifestación.

The Economist lo explicaba muy bien hace un par de semanas: la legislación española empuja al empresario a despedir, cuando tienen que hacerlo, a los trabajadores más recientes, no a los más ineficaces. Se da por hecho que los que llevan más tiempo en la empresa trabajan mejor que los que llevan poco. Sin embargo, no siempre es así. Es más, el excesivo blindaje puede impulsar a algunos trabajadores veteranos a no esforzarse lo que podrían precisamente porque saben que no serán despedidos, por lo menos, mientras no lo sean sus compañeros más jóvenes. De igual modo, los recién contratados no tienen por qué ser mejores que los antiguos, pero con el actual sistema, es lógico que tiendan a esforzarse más con la intención de compensar con su esfuerzo lo relativamente barato que resulta despedirles a ellos.

UGT y Comisiones Obreras se presentaron el sábado como los defensores de los trabajadores frente a los señoritos empresarios que quieren abusar de ellos aprovechando la crisis. Las cosas no son exactamente así. En la portada del ABC del domingo se veía a un militante catalán de Comisiones Obreras (se sabe porque portaba una señera con el acrónimo "ccoo") recibiendo los servicios de un limpiabotas en la Puerta del Sol de Madrid. ¿Quién era el señorito y quién el trabajador?

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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