Sánchez tiene un plan

Emilio Campmany

Nuestro presidente del Gobierno no posee una mente especialmente privilegiada, además de estar huérfano de lecturas. Sin embargo, tiene un plan. Parte éste de la constatación de que, en contra de lo que le han contado sus mayores, España no es socialista. España es mayoritariamente conservadora. Es verdad que lo es más en términos literales que políticos y, por lo tanto, eso no significa necesariamente que sea de derechas. El caso es que la mayoría de los españoles aspira a conservar lo que ha conseguido. Eso incluye lo que ha ahorrado y los beneficios sociales que percibe o espera percibir. Es verdad que este español conservador puede no tener inconveniente en que a otros les quiten lo que tienen para que las prestaciones que le corresponden estén aseguradas, pero, desde luego, no está dispuesto a ceder nada de lo que ya posee. El afán por conservar puede llevarle fácilmente a votar a la derecha, no tanto por razones ideológicas sino por la convicción, relativamente fácil de alcanzar a la vista de la experiencia, de que una gestión más eficaz de los recursos garantiza mejor lo que a él más le importa, conservar.

En un país así, es muy difícil que un partido socialista venciera en las elecciones si no fuera porque la derecha española padece el lastre de no obtener apenas representación en Cataluña, donde la derecha sociológica vota a los nacionalistas. De hecho, las victorias del PSOE se forjaron en Cataluña. Y las del PP se alcanzaron a pesar de tener malos resultados allí. Hoy, el problema de Sánchez es que quienes daban la victoria al PSOE en Cataluña ahora votan a Ciudadanos. Eso significa que la única forma que tienen los socialistas de reunir una mayoría suficiente para gobernar es en alianza con al menos los nacionalistas catalanes. Esa alianza exige compartir en parte algunos de sus objetivos, a pesar del riesgo de fracturar España. Sánchez, en cualquier caso, confía en que la sangre nunca llegará al río.

Así que no es que Sánchez no quiera aplicar el artículo 155 o se proponga indultar a los golpistas. Es que no tiene otro remedio que asumir ese programa para poder gobernar, en esta legislatura y en la siguiente, en la que seguirá igualmente dependiendo de ellos. De forma que el plan consiste en darles todo lo que pidan mientras eso no implique la destrucción total del Estado a corto plazo. Lo que ocurra en el largo, le da igual.

A la vista de estas intenciones, la oposición tiene que ser severa e inclemente, pues la nación no puede asumir los riesgos a los que Sánchez quiere someter su supervivencia con tal de gobernar. Es cierto que el presidente de Gobierno tratará de evitar el hundimiento, pero es evidente que está dispuesto a acercarse al abismo tanto como sea necesario con la esperanza de que finalmente será capaz de evitar caer al vacío. ¿Necesitamos correr tantos peligros sólo para que Sánchez se dé el gustazo de dormir en la Moncloa, invitar a sus amigos a La Bodeguilla y viajar en avión privado?

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