Rusia y su esfera de influencia

Emilio Campmany

Nadie sabe en Occidente qué está pasando exactamente en Kazajistán. Las causas de la intervención rusa allí son oscuras. Sea como fuere, la crisis ha coincidido con las conversaciones ruso-norteamericanas para tratar de evitar una invasión rusa de Ucrania. En ellas, Putin ha exigido que se le reconozca una esfera de influencia en las antiguas repúblicas soviéticas, dejando fuera quizá las repúblicas bálticas, que consiguieron salir de la órbita rusa y hoy están integradas en la Unión Europea y en la OTAN.

Los norteamericanos se han negado a reconocer tal esfera de influencia por ser contraria al Derecho internacional. Aparentemente, Europa respalda esa respuesta. Sin embargo, es evidente que Occidente no está dispuesto a hacer nada que no sea imponer sanciones económicas para evitarlo. El pasado prueba que no podemos o no queremos hacer nada. Bielorrusia, Moldavia y Georgia dependen de Moscú. A Ucrania, el oso ruso le arrancó una parte considerable de su territorio sin que moviéramos un dedo. Y cuando Putin decidió sostener en Siria a Bashar al Asad, un tirano de la peor especie, Occidente apenas intervino y dejó incluso que el dictador gaseara a su propio pueblo.

Mientras, la ineficaz hostilidad de Occidente hacia la autocracia rusa ni siquiera ha servido para que Alemania y el resto del centro de Europa se desengancharan de la dependencia energética de Rusia y tan sólo ha provocado que Moscú se arrojara en brazos de Pekín, que ha invertido ingentes sumas de dinero en infraestructuras para explotar las enormes reservas energéticos del país eslavo.

Si la Historia sirve para extraer lecciones, conviene hoy recordar cómo Estados Unidos ganó la Guerra Fría gracias, entre otras cosas, a sellar una alianza con la China de Mao. El precio fue expulsar a Taiwán de la ONU y aceptar el principio de que China sólo hay una e incluye a la isla rebelde. La única condición que puso Washington es que la reunificación fuera pacífica.

Hoy, el enemigo no es Rusia, sino China. A nadie se le escapa que el país comunista pretende ser la superpotencia dominante en el mundo. Cada día que pasa disminuye la probabilidad de que Occidente venza en ese conflicto, tanto si sigue siendo frío como si en un determinado momento se torna en caliente. Tener de nuestro lado a Rusia negándole a China sus recursos energéticos podría ser un factor decisivo. Es cierto que es una autocracia. Es cierto que el precio lo tendrían que pagar las viejas repúblicas soviéticas. Es cierto que habría que abandonar a ucranianos, bielorrusos, moldavos y a todos los pueblos centroasiáticos que un día formaron parte del imperio comunista ruso. Pero ¿estamos dispuestos a defenderlos? Es evidente que no. Y, si no lo estamos, para qué enemistarnos con Putin gratuitamente. Si de todas formas vamos a dejar que a la larga se salga con la suya, ¿por qué no hacer de la necesidad virtud y vender ese nuestro dejar hacer a cambio de que Rusia se ponga de nuestro lado en la guerra con China?

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