Pascua Militar

Rojo capote real

Emilio Campmany

La Monarquía española no es como la británica. Allí, cuando la reina hace un discurso, todo el mundo sabe que es el Gobierno el que lo ha escrito. Aquí no. En España, el Rey es dueño de sus palabras. Por eso, tantos discursos suyos son tan aburridos, porque lo que puede decir no es interesante y lo que interesa que diga no lo puede decir. Con ocasión de esta Pascua Militar tampoco parece haber ido el Rey más allá de lo prudente. Tan sólo ha dicho: "Junto a los riesgos y amenazas tradicionales para la paz y la seguridad, han surgido otros capaces de causar daños indiscriminados. Así, debemos estar preparados para afrontar, de manera dinámica, amenazas complejas e inciertas. (...) Debemos seguir alerta, potenciando nuestro papel internacional mediante una eficaz acción exterior y una activa cooperación con otros Estados con los que compartimos intereses comunes".

En principio, nada que objetar. Y nada habría si, cuando Aznar nos llevó a la guerra de Irak en condiciones morales y jurídicas muy similares a aquellas con las que Zapatero nos mantiene en la de Afganistán, Don Juan Carlos hubiera pronunciado unas palabras similares. Nunca ocurrió tal cosa. El Rey, jefe supremo de las Fuerzas Armadas, no sólo no dijo nada a favor de la política de Aznar en apoyo de una "activa cooperación con otros Estados con los que compartimos intereses comunes", sino que tampoco salió de sus labios la más mínima crítica a la decisión de Zapatero de abandonar apresuradamente esa cooperación que hoy le parece tan necesaria.

Y la cosa tendría todavía un pase si el monarca hubiera sufrido un proceso de conversión de 2003 a esta parte y resultara que lo que entonces, la intervención en Irak, le pareció mal, hoy, la de Afganistán, le parece bien. Nada de eso. Lo único que ha cambiado desde aquellos días es que antes había que ir del bracete del antipático Bush y ahora se trata de darse el pico con el simpático Obama.

Los militares españoles no tienen más remedio que obedecer al Gobierno de turno. No pueden esperar que su jefe supremo mande nada porque su papel es casi exclusivamente simbólico. Pero, si el Rey es libre de callar o decir en los discursos lo que quiera, tienen derecho a esperar de él la coherencia que falta a nuestros gobernantes. Y lo tienen porque lo suyo no trata de una subida salarial que dependa de tal o cual índice o de tales o cuales suplementos y trienios. Lo suyo va de jugarse la vida por España. Y si hoy merecen que su Rey les apoye cuando cumpliendo órdenes del Gobierno van a la guerra de Afganistán a combatir con una mano atada en la espalda, no menos lo merecían cuando fueron a Irak. Y, sobre todo, a lo que su abnegación y obligación de mantener silencio les da derecho es a que su Rey, en la medida en que le sea posible, proteja su honor cuando son obligados por el Gobierno a huir de Irak como gallinas innobles. En aquella ocasión también había nuevas amenazas que merecían una activa cooperación con otros Estados y su Majestad prefirió callarse.

Creerá que por eso esta patulea de republicanos de milla de oro, rojillos de alta costura, se van a hacer más monárquicos que Luis María Anson. Puede esperar sentado. Me gustaría saber qué piensa Felipe de todo esto.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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