Reunión de mendrugos

Emilio Campmany

Cuenta la leyenda que, agonizando el régimen de Franco, a Kissinger le preocupó que en España pasara lo que en Italia, que la alternativa a la derecha que trajera la democracia fuera el Partido Comunista. Fraga le tranquilizó contándole que había un tal Isidoro que moldearía con las cenizas del viejo PSOE un partido socialdemócrata que desharía el monopolio de la oposición que disfrutaban los comunistas. Algunas versiones añaden que Santiago Carrillo bendijo el plan para lograr que el PCE fuera legalizado. Lo que no sabían Fraga ni Kissinger, pero quizá sí Santiago Carrillo, es que el tal Isidoro era un chisgarabís más dañino por tonto que por astuto. Y, salvo los sinceros mentecatos como Zapatero, que nunca han querido engañar a nadie, casi siempre ha sido así con los dirigentes socialistas. La mayoría han parecido taimados y resultado tolondros. Hasta el mismo Rubalcaba, supuesto paradigma de la camándula, perillán maestro de todas las mañas, resultó ser un fatuo augusto capaz de hundir el transatlántico que fue el PSOE aún más de lo que lo hizo el solemne. Hoy el partido vuelve a estar en manos de un simplón que ni quiere ni puede engañar a nadie. Su estólida franqueza llega al punto en que, preguntado sobre qué hacer en Siria, dice que no sabe.

En cambio, como no le falta la insensatez que con aparatosa abundancia adornaba a Zapatero, sí sabe qué hacer con Cataluña. Como también lo saben los susodichos González y Rubalcaba o el frailuco Gabilondo. Y como el Señor reparte talentos no sólo a siniestro sino también a diestro, para decir qué hacer con el espinoso problema catalán a ellos se le unieron Miguel Herrero Rodríguez de Miñón, que es un majagranzas redicho y marisabidillo, diestro en partir soberanías como quien parte herencias, y Antonio Garrigues Walker, que es un panoli cándido y cosmopolita, que a fuer de internacional se tiene por versado en naciones. A esta asamblea de bodoques lo llaman Tercera Vía, que es la manera que tienen ellos de explicarnos que no son ni una cosa ni la otra, que no creen en esto ni en aquello y que no pretenden ir en una dirección ni en la contraria.

Según Pedro Sánchez, la reforma constitucional que ellos defienden es aquella que tiene por propósito decir lo que la Constitución ya dice, por ejemplo en relación a los hechos diferenciales, pero ahora más expresamente. De todas formas, debe de subsistir alguna insignificante discrepancia acerca de la futura reforma que estos asombrosos peritos en cantinfladas se proponen apadrinar. Por lo visto, hay una microscópica disputa acerca de si la reforma ha de reconocer a Cataluña o no la condición de nación. La irrelevancia de la cuestión ha sido puesta de relieve por Sánchez:

No es momento de nominalismos. El problema no es de definición, sino de convivencia y de fractura económica, social y emocional.

¡Bien dicho! ¡Qué más da que sea nación o no! Que le den morcilla a los nominalismos y asunto resuelto.

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