Quién se juega qué en Venezuela

Emilio Campmany

La versión oficial nos cuenta que Sánchez quiere reconocer a Guaidó, respaldar a la oposición y hacer todo lo que en su mano esté para que la democracia vuelva a Venezuela. Lo que pasa, según esa misma versión, es que el presidente quiere actuar con cautela para evitar un baño de sangre y, por supuesto, se niega a seguir la estela marcada por Washington. Sánchez no es Trump y su manera de enfocar el asunto ha de ser necesariamente diferente.

Naturalmente, esta versión es falsa. Sánchez y Borrell están tratando de encontrar la manera de socorrer a la dictadura, conteniendo la cascada de reconocimientos a Guaidó y propiciando el diálogo, ese diálogo que, con la inestimable ayuda de Zapatero, lleva años salvándole el antifonario a Maduro. Es probable que el lunes que viene España reconozca a Guaidó y se una a los países que, encabezados por Estados Unidos y el Grupo de Lima, ya lo han hecho. Pero eso será siempre que Maduro no haya encarcelado a Guaidó o de cualquier otro modo conseguido cortocircuitar la rebelión venezolana. Y, de todas formas, en caso de reconocerlo, Sánchez no lo hará por convicción, sino porque habrá expirado el plazo dado por la Unión Europea. Ésta habría querido reconocer al valiente joven ingeniero venezolano cuando lo hicieron los demás y demostrar que, en materia de libertades, Europa está a la cabeza y no transige con dictadores. Si decidió esperar fue porque España insistió en ello y por respetar que fuéramos nosotros quienes marcáramos el paso, por tratarse de un asunto de Hispanoamérica, donde la UE tiene con nosotros la consideración de secundar nuestras acciones.

Pero, si por Sánchez y Borrell fuera, Guaidó no sería reconocido a corto plazo. Los verdaderos deseos de ambos son fácilmente adivinables examinando el modo en el que se expresan: las constantes apelaciones al diálogo; la afirmación de no querer cambiar un régimen, que es algo que por otra parte nadie les ha pedido que apoyen, pues se trata de restaurar el de libertades que había antes de que el chavismo acabara con ellas; y las diatribas contra Macron y luego contra Tajani hablan por sí solas. Los dos tienen muy pocas ganas de hacer lo que Dios quiera que no tengan más remedio que hacer si Maduro finalmente es incapaz de recuperar el control en estos pocos días.

Todo esto es poco más o menos evidente. Lo que no se sabe es por qué nuestros políticos protegen a la dictadura venezolana. No es una cuestión de afinidades ideológicas del chavismo con Podemos o con el PSOE. Es de intereses. Pero ¿qué intereses? Desde luego, no son los de Venezuela ni los de España. Son con seguridad particulares. Con el tiempo, sabremos cuáles.

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