Controladores

Que vuelva Maleni

Emilio Campmany

Ha estado cumbre Rajoy la mañana de este jueves. Parafrasear a Rubalcaba para llamar inútil a Pepiño Blanco (se quedó sin el don José) ha sido una manera ingeniosa de injuriar sin que se le pueda afear el insulto. Mientras los socialistas estuvieron convencidos de que Rajoy estaba llamando "inútil" a Pepiño, protestaron y alborotaron como lobos. Pero, cuando se dieron cuenta de que no estaba más que reproduciendo una frase de Rubalcaba dirigida en su día a un ministro de Fomento popular en una ocasión en la que merecía mucho menos el improperio, se quedaron cuajados. Bello espectáculo este de ver a los socialistas tragar su propia medicina.

Vamos a obviar por ahora los motivos que, distintos a los de la huelga, hayan podido llevar a Rubalcaba a decretar el estado de alarma para que Pepe García Domínguez no nos llame esclavos de Fu Manchú. Vamos a pasar de los muchos problemas de legalidad y constitucionalidad que plantea la militarización de los controladores para que César Vidal no nos acuse de preocuparnos más de los verdugos que de las víctimas. Vamos a soslayar las graves tribulaciones económicas de AENA, que podrían estar detrás de la necesidad de negar a los controladores derechos que, para bien o para mal, están en su convenio colectivo. Y vamos a olvidarnos de preguntar por qué el decreto del estado de alarma lo firmó Jáuregui y no Zapatero.

Lo que es insoslayable es lo incompetente que se ha demostrado Pepiño Blanco. Vino a sustituir a Maleni, una inútil total, que diría Rubalcaba, que se lo puso bien fácil. Aterrizó con ínfulas de hombre de Estado y, para demostrarlo, lo primero que hizo es reunirse con Esperanza Aguirre para enterarse de lo muy abandonada que estaba Madrid en materia de infraestructuras, se supone que para poner remedio, pero nada hubo.

Encarado con el problema de los controladores y el lastre que sus sueldos suponían para una AENA que había que vender, no se le ocurrió otra cosa que pasar por sus derechos laborales como el caballo de Atila. Convirtió las horas extras que voluntariamente hacían en horas normales que estaban obligados a hacer, lo que significó básicamente incremento de trabajo y disminución de salario. Naturalmente, los encabronó. Encima, calculó mal el total de horas que entre todos tendrían que hacer y al final del año resultó que muchos ya habían cumplido y que no había bastantes controladores para cubrir las necesidades hasta el primero de enero. Pillado por el toro de su propia incompetencia, se vio en la necesidad de dictar un decreto que dijera que, de las horas que están obligados a hacer los controladores, no se pueden descontar las que emplean en estar de guardia o de baja médica, que a ver qué obrero pasa por eso. Y los controladores, acostumbrados a que en España los trabajadores que chantajean al Gobierno se salen siempre con la suya (recuerden a los de Sintel, que ocuparon la Castellana durante meses sin que nadie se atreviera a dar la orden de obligarles por la fuerza a desalojar la vía pública), jugaron un órdago que Rubalcaba no les iba a dejar ganar.

Lo dicho, Rajoy ha estado bien, porque la única conclusión segura de esta crisis es que Blanco es un inútil. Para esto, ya podía Zapatero haber dejado a Maleni, que al menos es más divertida y que cada día que pasa la echo más de menos.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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