¿Qué se pide para ser sorayo?

Emilio Campmany

Uno de los problemas a los que se enfrenta no sólo un presidente del Gobierno sino cualquier líder político es el de decidir qué clase de gente quiere en su equipo. Ya sabemos que en España, en general, y en el PP, en particular, lo esencial es la lealtad. Pero, además, ¿qué otras condiciones se piden? Ahí puede haber cierto debate. A Aznar, por ejemplo, le gustaba no tanto la gente brillante como la que fuera valiente, que tuviera el valor de dar su opinión cuando él se la pidiera en vez de decir lo que él creyera que quería oír el presidente. Eso sí, también exigía que el valor no llegara a tanto como para atreverse a expresarla cuando no se le preguntaba.

Rajoy es otra cosa. Lo que él quiere es mediocridad, escasez de mérito, si no abierta incapacidad. Nuestro presidente es de esos jefes que teme más que nada que alguien de abajo brille más que él, que es cosa para la que en su caso no hace falta ser el colmo del ingenio. Sin embargo, pasó por Soraya Sáenz de Santamaría a pesar de no cumplir el requisito de una forma tan completa como el resto de ministros. Supuso que era una tecnócrata cuyas ambiciones estarían más que colmadas estando a su vera mientras hacía el trabajo sucio. Pero Soraya se ha vuelto ambiciosa. Se ha dado cuenta de que es ella la que saca adelante el trabajo y no cree que sea justo que sea otro quien reciba todos los honores. Por eso ha ido colocando a sus peones todas las veces que Rajoy le ha dejado hacer, cumpliendo, eso sí, con los criterios que hoy priman en el PP.

De forma que el sorayo es alguien que reúne dos condiciones básicas: es leal, más a Soraya que a Rajoy, y es mediocre. Sin embargo, ni Soraya ni Rajoy son conscientes de lo peligrosa que es esta política de personal. Escasos de lecturas que no sean jurídicas, y aun esas han pasado por ellos sin demasiado provecho, es obvio que no se han leído el instructivo ensayo del maestro Cipolla, titulado Allegro ma non troppo, en el que el historiador de la economía demuestra que son más malos los estúpidos que los propios malos. Lo prueba la reciente metedura de pata del ministro de Justicia. Jamás un astuto topo del PSOE en el Gobierno de Rajoy hubiera sido capaz de idear un mejor modo de perjudicar al PP en vísperas de unas elecciones cruciales que proponiendo sancionar a los medios por publicar noticias veraces por el hecho de ser relativas a sumarios secretos.

Y esto se somete a debate público en un momento en que el Gobierno disfruta del mayor control que cualquier Gobierno haya podido tener sobre la prensa de papel, quitando y poniendo directores a su antojo. Lo que sería si entrenaran.

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