¿Qué está pasando en Rusia?

Emilio Campmany

Los grandes medios de comunicación no aprenden. Están cometiendo en Rusia el mismo error en el que cayeron cuando las primeras manifestaciones en Túnez acabaron con el régimen de Zine el Abidine ben Ali. Nos cuentan las manifestaciones que han salpicado Rusia, desde San Petersburgo hasta Vladivostok, como una especie de primavera eslava. Los más jóvenes, armados de smartphones y permanentemente conectados a las redes sociales, han sido movilizados por un activista bloguero llamado Alexéi Navalny que ha colgado un vídeo en el que se denuncia la corrupción del actual primer ministro, Dimitri Medvédev. Los cronistas destacan lo multitudinario de las manifestaciones, el extenso número de ciudades afectadas, la juventud de los manifestantes, la inoperancia de los medios de comunicación próximos al poder ante la exuberancia de internet, la gran cantidad de detenciones practicadas y el carisma de Navalny, que será contrincante de Putin en las elecciones presidenciales del año que viene.

Todo esto está muy bien, pero habría que hacerse algunas preguntas. La ola de manifestaciones ha sido provocada por un vídeo colgado en internet cuando, bajo la justificación de impedir la difusión del fundamentalismo islámico, se han dictado en Rusia leyes severísimas para controlar la red. Navalny es un activista generosamente tolerado por un régimen sospechoso de asesinar a opositores como Borís Nemtsov (hace dos años) o Denis Voronenkov (hace unos días). No sólo, sino que también carga con la sospecha de haber ordenado matar a periodistas incómodos como Anna Politkósvkaya, cuya muerte fue investigada por un colega, Alexander Litvinenko, que falleció envenenado con polonio, un sofisticado método empleado probablemente para que sus compañeros de profesión no alberguen ninguna duda acerca de quién lo hizo y por qué.

En ese ambiente tan poco propicio a oponerse al Gobierno, Navalny, que ha sido condenado, luego absuelto y finalmente vuelto a condenar y al que se le ha permitido presentarse a las elecciones a la Alcaldía de Moscú para perderlas, en vez de estar en la cárcel o en la morgue, moviliza a las masas desde la red. Y no lo hace para oponerse a Putin, sino para desprestigiar a su delfín Medvédev. No hay forma de saber si Navalny es un fenómeno tolerado por el Kremlin en la medida en que se limite a atacar elementos prescindibles del régimen o si está protegido por una poderosa facción que le disputa el poder al presidente atacando a su primer ministro. Incluso es posible que simplemente sea un peón de Putin con el que crear su propia oposición y controlarla en perjuicio de la verdadera. Sea como fuere, Navalny es al menos un opositor toleradodentro de un régimen que tolera muy poca oposición. Esto bastaría para que los corresponsales de los grandes medios occidentales recelaran y trataran de averiguar para sus lectores qué está pasando realmente en Rusia en vez de dar por buena sin más la versión oficial. Luego, cuando Putin prescinda de Medvédev, haga creer así que en Rusia se combate la corrupción, no quede nada de las manifestaciones de este fin de semana y en las presidenciales venza holgadamente a Navalny, ¿qué nos contarán?

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