Estado de alarma

¡Qué casualidad!

Emilio Campmany

Ya ven, el mundo está lleno de casualidades. ¿Qué probabilidad hay de que el fin de semana que el presidente decide no viajar a una cumbre de jefes de Estado y de Gobierno luego se vea obligado a decretar el estado de alarma? Debe ser muy baja. ¿Y qué probabilidad hay de que, a los pocos días de que los empresarios del entorno del Rey pidan un golpe de timón, el presidente no tenga más remedio que, por otros motivos, declarar el estado de alarma? Tampoco debe ser muy alta. Y, sin embargo, qué casualidad, en España se han dado las dos cosas. Y qué casualidad, que la primera vez que ha habido que decretar en España un estado de emergencia, quien lo ha anunciado ha sido Rubalcaba.

Al parecer, lo fue también que el decreto que se sabía que iba a enfurecer a los controladores lo aprobó el Consejo de Ministros del viernes anterior al puente de las Conchas. Tiene también guasa que el decreto que impone el estado de alarma no lo haya firmado Zapatero y lo haya hecho, uy qué casualidad, Ramón Jáuregui, el nombre impuesto por Rubalcaba en la última crisis.

Yo no sé si el decreto es constitucional o no. Ni si la militarización de los controladores es legal o no. Ni siquiera sé si, para resolver el grave problema planteado por los controladores, era indispensable decretar el estado de alarma. Lo que sí sé es que, mientras el estado de alarma esté vigente, y Rubalcaba ya ha advertido que lo estará todo el tiempo que sea necesario para garantizar que los controladores no vuelvan a armarla, el presidente del Gobierno estará legalmente privado de una de sus más importantes facultades constitucionales, la de disolver las Cámaras y convocar elecciones generales (artículo 116.5 de la Constitución española).

¿Y para qué iba Zapatero a forzar un decreto que le priva de una facultad que nadie le puede obligar a emplear? Eso mismo diría yo si le hubiera visto comparecer para explicar la medida adoptada o, al menos, hubiera visto su firma al final del Decreto. Pero ninguna de las dos cosas ha ocurrido.

En el PSOE saben que, como aclara la encuesta de El País de este domingo, las elecciones generales que se convocaran ahora las perderían por goleada. Y saben igualmente que si dejan a Zapatero al frente del Gobierno hasta que se celebren, lo más probable es que también las pierdan. Su única oportunidad de victoria pasa por que Zapatero dimita y se ponga al frente del Gobierno alguien con pinta de ser capaz de enderezar el rumbo. Y si tal relevo pudiera hacerse antes de las autonómicas y municipales, mejor que mejor, a ver si algunos presidentes autonómicos y alcaldes socialistas son capaces de salvar los muebles.

La cuestión es que quienes se postulan para sustituirle, al menos Rubalcaba y Bono –pero debe de haber más– quieren que la dimisión se produzca en el momento que más le convenga a cada cual, por lo que pueden estar interesados en que Zapatero aguante o que dimita según cuando sea. Y, mientras tanto, él tratará de sobrevivir todo cuanto pueda con la amenaza de que, si no le dejan, convoca elecciones y se joroban todos. Pues bien, esa amenaza es un arma que ya no tiene. Y, qué casualidad, por haber decretado el estado de alarma.

Sigan muy atentos a la pantalla que seguirán pasando cosas.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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