Qué buen rey si hubiese buen vasallo

Emilio Campmany

Es evidente que entre Rajoy y Felipe VI hay mala sintonía, cuando aquél resta importancia a los desplantes que le hacen a éste en beneficio de un Congreso que a la mayoría de los españoles le trae sin cuidado dónde se celebre. Sin embargo, importan mucho más los desplantes, porque cuando la alcaldesa de Barcelona desaira a nuestro soberano los insultados somos todos los españoles, no él. La infravaloración revela la categoría del presidente del Gobierno.

En cualquier caso, lo grave es lo que motiva el enfrentamiento entre ambos, que no es otra cosa que el modo en el que ha de defenderse la unidad de España. Rajoy cree que lo que habría que hacer es no hacer nada. De hecho, aplicó el 155 sólo cuando tuvo el respaldo del PSOE y obligado por el discurso del rey, pero después trató de seguir sin hacer nada. El rey en cambio opina, junto con la mayoría de los españoles, que debe aplicarse la ley. Naturalmente, el rey no puede ni debe decir nada acerca del modo en que se gobierna. Pero ante una gravísima amenaza a la unidad de España, a vista, ciencia y paciencia del presidente del Gobierno, creyó que su deber era salir en defensa de la unidad de España y exigir el cumplimiento de su legalidad.

España no es el Reino Unido y aquí el rey no habla en nombre del Gobierno, sino exclusivamente en el suyo propio. Por eso sus discursos nunca expresan un programa de gobierno o defienden una determinada política, sino que habitualmente se limitan a alabar los logros de España como nación y a llamar la atención sobre sus problemas. El discurso del 3 de octubre no tuvo desde luego esta naturaleza y puede que Rajoy lo considerase con algún fundamento una extralimitación de sus funciones. La cuestión, sin embargo, es que el rey no puede no tener la obligación de defender la unidad de España. En realidad, que su discurso estuviera justificado o fuera una extralimitación no depende tanto de que tenga o no ese deber, puesto que sin duda lo tiene. Depende de si el Gobierno, que tiene la misma obligación, estaba o no cumpliendo con ella. Por lo tanto, lo grave de aquel discurso no es que el rey se extralimitara, sino que tuviera que de algún modo hacerlo debido a la dejación de funciones de un Gobierno dirigido por quien nunca hace nada, ni siquiera en los momentos más graves. Una situación encima agravada por un PSOE, principal partido de la oposición, que respaldaba esa política debido a su habitual indulgencia con los separatistas, a los que considera potenciales aliados para futuros Gobiernos.

En cualquier caso, lo prosaico del asunto es que, en un personaje tan pedestre como Rajoy, lo que provocó su enfado no fue tanto que el rey usurpara sus funciones como que lo pusiera en evidencia ante su electorado, que abrumadoramente se puso del lado de su rey. Qué buen rey si hubiese buen vasallo.

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