Puro teatro

Emilio Campmany

Todo en esta legislatura es ardid, disfraz y tramoya. Incluso se habla de un inventado encargo que el rey hace de formar gobierno. Y, con ser ésta una imaginativa creación que nada tiene que ver con la Constitución, es lo de menos. Más significativo es que Albert Rivera se haya prestado a colaborar en fingir que su concurso importa, cuando en realidad es irrelevante mientras Sánchez no le arranque una improbable abstención al PP. El secretario general del PSOE, por su parte, simula estar negociando un inútil acuerdo con Ciudadanos para que, cuando sea evidente que están en un callejón sin salida, reconocer lo que ya hoy es evidente, que sin la benevolente abstención del PP la única forma de ser investido es arrojándose en brazos de la extrema izquierda. Y que, siendo Ciudadanos incompatible con Podemos, tendrá además que permitir que los independentistas se abstengan para poder sacar a España del atasco. De ahí que necesite el mes que a Patxi López le ha pedido. No es para negociar, es para escenificar sus falsos esfuerzos por ganarse a la vez el respaldo de Ciudadanos y la abstención del PP. Así como para fingir el que supuestamente hará por lograr la abstención de Ciudadanos frente un acuerdo con Podemos que le permitiría prescindir, si no de los comunistas, sí al menos de los separatistas. Cuando, después de arduos esfuerzos, Rajoy y Rivera le nieguen el pan y la sal, podrá Sánchez, simulando hacerlo muy a su pesar, suscribir el acuerdo que en realidad ya tiene pensado con los enemigos del sistema y los de España, como si no hubiera otra salida.

Porque lo que es evidente es que Pedro Sánchez no puede permitirse unas nuevas elecciones, en las que, una de dos, o va él de cabeza de lista por Madrid y el PSOE pasa a ser tercera fuerza política, o lo quitan y presentan a otro que pueda salvar, aunque sea por poco, el segundo puesto que hoy tienen. Los únicos en condiciones de frustrar su plan son los barones del PSOE. Bastaría que alguno que tuviera control sobre los diputados electos en su región consiguiera que algunos de éstos, en número suficiente para que Pedro Sánchez no saliera elegido, se ausentaran. La cuestión es que una cosa es amenazar con hacer eso y otra muy distinta, hacerlo de verdad. Porque de ocurrir se haría patente la enorme fractura que el PSOE padece, que no es muy distinta de la que sufrió en otras épocas, y que separa a quienes quieren tirarse al monte puño en alto y apelando a la famélica legión de los que aspiran a ser una socialdemocracia europea. A nadie le gusta ver sus vergüenzas expuestas a escarnio público, y siempre habrá la esperanza de que en el futuro surja un modo de liberar a Sánchez de las garras de Pablo Iglesias, quién sabe si con la ayuda de un PP renovado.

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