Viajes de Estado

Primero la obligación, luego la devoción

Emilio Campmany

El próximo martes, Dios mediante, y nunca mejor dicho, será la misa de entronización del papa Francisco. España estará representada por los Príncipes de Asturias. Mariano Rajoy, nuestro presidente del Gobierno, se ha apresurado a decir que los acompañará. Todo esto está muy bien. Pero, hace apenas unos días, al funeral de Hugo Chávez también fue enviado el príncipe, y en el Gobierno despertó tan poco entusiasmo la obligación de tener que ir con él que el pobre Felipe sólo gozó de la asistencia de un secretario de Estado. García Margallo, que era quien tenía la obligación de estar allí, se excusó por padecer una perforación de oído.

España no ya es que esté a punto de dejar de ser una monarquía, sino que parece abocada a ser no una república cualquiera, sino una del tipo bananera, porque sólo en esa clase de régimen es posible tener un ministro de Exteriores imposibilitado de viajar. Pero incluso en el caso de estar nuestro más alto representante diplomático realmente enfermo, no es admisible que el príncipe realice un viaje de Estado sin la compañía de ningún ministro, que digo yo que alguno habría capaz de montarse en un avión y poner luego, durante el funeral, un gesto suficientemente compungido. En baja médica Margallo, el idóneo habría sido el ministro de Justicia, según ordena el escalafón. Y, en último extremo, siempre podía haberse desplazado Rajoy, con o sin Viri. Pero hasta ahí podíamos llegar. Que a Venezuela vaya Felipe y que se gane el sueldo, que para eso está, y el Gobierno en Madrid viendo a ver si lo empitona Ruz o le embiste Bermúdez.

Ahora, ante la posibilidad de disfrutar de la pompa vaticana, de asistir a una grandiosa ceremonia, de codearse con los jefes de los Estados más poderosos de la Tierra, y la casualidad de que el Papa tiene el español como lengua materna, todos se dan con los talones en el trasero para acompañar a los príncipes y asistir al espectáculo. Si no termina yendo el Gobierno en pleno será porque los sitios están tasados y no hay plaza para todos, pero seguro que más de uno y más de dos estarán enredando para unirse al cortejo y presenciar la gozosa entronización. Seguro que ya hay tortas por hacerse un sitio en el avión.

Es como para que el príncipe Felipe, si pudiera, le dijera a Rajoy: "Perdona, presidente, pero, dado que te parece que basta un secretario de Estado para acompañarme a Caracas, será suficiente que a Roma venga igualmente el secretario que creas más apropiado. Si ese cargo basta para el funeral de un jefe de Estado, lo mismo ha de ser para la entronización de otro". Ya sé que no puede decírselo y que no se lo dirá, pero estoy seguro de que ganas tendrá. Como yo sí puedo decírselo, voy y se lo digo y dicho queda.

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