Tibieza frente a ETA

¿Por qué?

Emilio Campmany

Pocas horas después del atentado, Rubalcaba manifestó que el encuentro entre los terroristas y los guardias civiles fue fortuito. Con ello quiso decir que el "incidente" no había sido voluntad de la ETA, sino la desgraciada consecuencia de una malhadada casualidad. El mensaje de algún modo fue: la ETA sigue sin querer matar. Hoy sabemos que, haya o no sido fortuito el encuentro, nuestros dos compatriotas fueron asesinados premeditadamente. Poco importa saber si la decisión se adoptó mucho antes, y el atentado se perpetró tras días de seguimiento, o si se tomó en pocos minutos, al percatarse los terroristas de la presencia de los guardias en la cafetería. Fríamente, decidieron matarlos y así lo hicieron.

El PSOE puede tener interés electoral en minimizar la importancia del atentado, como ya hicieron con el de la T4, cuando poco faltó para que los dos ecuatorianos fueran acusados de su propia muerte por haberse quedado tranquilamente en sus coches sin enterarse de que la Policía estaba evacuando el aparcamiento. Pero el horror que la muerte de Trapero y Centeno ha provocado es tal, que un esfuerzo en restarle importancia a su asesinato sería inútil. Por eso, Rubalcaba ha dejado de subrayar el carácter fortuito del encuentro entre verdugos y víctimas.

Esta patente prueba del fracaso de la política antiterrorista de Zapatero probablemente baste para que el PSOE pierda las elecciones. Sin embargo, las cosas no tienen por qué ser así. El presidente aún está a tiempo de recuperar la confianza de los electores que huyen a refugiarse en la seriedad un poco aburrida de Rajoy presentándose ante los españoles con un discurso tal que así:

Me equivoqué; creí que podría lograr la paz por medio de la negociación, pero fracasé; ahora os propongo que todos juntos, y yo el primero, vayamos a por ellos, con la ley en la mano, pero a por ellos; he empezado por ordenar al Fiscal General que inste la ilegalización de ANV y del PCTV; llevaré a las Cortes una propuesta para revocar la autorización que pedí para negociar con la ETA y una ley que establezca que ningún Gobierno pueda hacerlo en el futuro sin el respaldo de una mayoría cualificada de dos tercios de ambas Cámaras; y dedicaré todos los medios legales al alcance del Estado para acabar con esta banda de criminales asesinos.

Reconozco que no suena muy creíble en boca de Zapatero, pero es la reacción que podría permitirle recuperar una parte de los muchos votos centristas que ha perdido desde que empezó a hacerse evidente que su proceso de paz estaba abocado al fracaso.

En cambio, en vez de rectificar, se empeña en marcar distancias con el PP, se niega a instar la revocación de la autorización que el Congreso en su día le dio y, aunque amaga, no termina de decidirse a iniciar la ilegalización de ANV, sabiendo como sabe que esta tibia actitud frente a los terroristas etarras le perjudica electoralmente. Lo terrible de todo esto no es preguntarse por qué no reacciona. Lo terrible es la respuesta que quizá tenga esta pregunta.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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