Los planes de Gallardón

Por fin, la Justicia

Emilio Campmany
La batería de propuestas que el ministro de Justicia ha presentado en la Comisión correspondiente del Congreso de los Diputados sugieren múltiples reflexiones. La primera es la de que, al fin, tenemos un ministro de Justicia digno de tal nombre. Lo digo porque la mayoría de los ministros que hemos alojado en el palacio de San Bernardo no lo han merecido desde el momento que se han dedicado a ser, normalmente, el brazo armado con el que el presidente del Gobierno de turno ha intentado controlar el Poder Judicial y, en el mejor de los casos, un testigo indiferente de cómo la Justicia y el Derecho eran diariamente pisoteados por los políticos.
 
La segunda es la de que también, por fin, el Partido Popular se ha decidido a cumplir su programa en este ámbito, el de la Justicia, donde hasta ahora tenía por inveterada costumbre incumplirlo sistemáticamente. No sé si el impulso para hacerlo habrá sido consecuencia de la enorme vergüenza sufrida al incumplir la promesa de no subir los impuestos y haya sentido en consecuencia la necesidad de hacer honor a sus promesas en otro lugar. Si es así, me congratulo porque es mucho más importante que cumplan en asuntos de Justicia que el que lo hagan en materia fiscal donde, a fin de cuentas, sólo es cuestión de dinero, el menos importante, aunque sea también el más acuciante, de nuestros muchos problemas.
 
No tiene poca relevancia el que las propuestas de Gallardón hayan levantado la iracunda respuesta de todas las fuerzas políticas que vienen empitonando a la división de poderes, socialistas y comunistas además de los nacionalistas. Es una prueba concluyente de que lo propuesto va en la dirección correcta. La izquierda siempre ha desconfiado de los jueces, pero no por lo que dicen, que es que son en su mayoría de derechas, sino porque la mayoría tienen la funesta manía de hacer cumplir las leyes. De forma que sólo respaldan, apoyan, jalean o encumbran a los pocos de ellos que están dispuestos a dejar de aplicarlas o incluso a violentarlas cuando esté ideológicamente justificado. El espectáculo que están dando con ocasión de los juicios a Garzón es suficiente prueba de ello. Por otra parte, no deja de ser ilustrativo el que un socialista como Julio Villarrubia reclame para los políticos el control de la Justicia so pretexto de la soberanía popular, un argumento que podría igualmente servir para restaurar en España los tribunales populares. Y no lo es menos que un nacionalista vasco como Emilio Olabarría se socorra de la Constitución que dice no acatar para deslegitimar lo propuesto por Gallardón.
 
Igualmente notable es el que estas propuestas, que han merecido el rechazo de socialistas y comunistas, hayan sido presentadas por el ministro del PP que más preocupado ha estado durante su carrera de hacer guiños a la izquierda para rebañar votos de sus caladeros y ser dentro del PP la imagen de una derecha supuestamente más amable, más próxima a los planteamientos del PSOE y, por tanto, más tragable por parte de éste. Es tal el hartazgo del electorado con las condenas nimias para crímenes execrables, con que los criminales detenidos entren por una puerta y salgan por otra, con que España sea uno de los países de Occidente donde más barato sale delinquir, con que los delincuentes gocen de más protección que sus víctimas, con que los políticos gocen de una Justicia ad hoc, que Gallardón, tan inclinado a veces a tontear con la izquierda, ha decidido ponerse al frente de la manifestación y emprender lo que hace mucho tenía que haberse emprendido.
 
En lo propuesto, tan sólo veo un lunar. Me refiero a la posible inconstitucionalidad de la cadena perpetua revisable, donde el que sea revisable se supone que cumple con la exigencia constitucional de que las penas estén dirigidas a la reinserción de quienes las han de cumplir. Pero esto es una cuestión técnica que depende mucho de como se redacte la reforma del Código Penal, de modo que pospongamos a ese momento una más meditada opinión.
 
En lo que hemos escuchado hasta ahora, hay mucha más música que letra, pero ambas suenan divinamente. Alberto Ruiz Gallardón se está dando la oportunidad de ser un gran ministro de Justicia, el mejor de los que hasta ahora hemos tenido. Quiera Dios y él que lo sea. Y yo que lo vea.
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